La comunidad del Resguardo Indígena Huitorá está ubicada sobre el río Caquetá, en el municipio de Solano.

Edilma Prada Céspedes.
Colombia

El territorio se recuperó para el manejo ambiental y espiritual: Huitorá

Cocreadores

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Jan 27, 2026 Compartir

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Indígenas Murui Muina del Resguardo Huitorá recuperaron y ampliaron su territorio ancestral en Caquetá para proteger la selva, el agua y su manejo espiritual. Desde el mambeadero, en un relato colectivo, narran el proceso iniciado en 2011 para frenar la deforestación, cuidar un corredor biológico clave de la Amazonía colombiana y abrir diálogos con comunidades campesinas vecinas.

En el centro de la Ananeko (maloka) del Resguardo Indígena Huitorá está Luis Antonio Garay, sabedor Murui Muina de 92 años, cacique y máxima autoridad. Lo acompañan los abuelos sabedores, la cacica, líderes, lideresas, mujeres, jóvenes, niñas y niños. 

Son las siete de la noche. Se alistan para conversar sobre la recuperación de su territorio ancestral amenazado por la deforestación, la tala ilegal y la importancia de que su resguardo se conecte a un corredor biológico con los parques naturales Serranía del Chiribiquete y La Paya.

“Le oramos a nuestro padre Moo Buinaima para que los hijos estemos bien. Todos los árboles y nosotros nacimos del pecho de nuestra Madre Tierra”. Con un rezo del Cacique y de los otros sabedores inicia el mambeadero. En este espacio tradicional, al que vuelven noche tras noche, la comunidad dialoga sobre sus labores cotidianas y los sabedores se comunican con los espíritus de la selva.

“Nosotros necesitamos la tierra porque es la vida. Ahí tenemos todo lo que es la medicina, la fruta que nosotros comemos: la canangucha, el milpez, el azaí. La cacería: el cerrillo, las dantas, la boruga, el venado. También tenemos la pesca y los árboles que nos dan oxígeno. Por eso necesitamos el bosque, ahí está la vida”. 

Con estas palabras, el Cacique describe lo que la selva les ofrece para la pervivencia de su pueblo. De esa comprensión nació una decisión clave: en 2011, la comunidad empezó un proceso de recuperación de sus territorios ancestrales para proteger su cultura y cuidar miles de especies de fauna y flora de esta región amazónica.

Mientras habla con voz pausada, el Cacique reparte ambil (d+ona), una medicina espesa y oscura elaborada de la planta de tabaco, y mambe (jibie), un polvo de hojas de coca macerado con hojas del árbol de yarumo. Estas plantas les permiten concentrarse y les ofrecen protección.

Los Murui Muina, uno de los 64 pueblos indígenas amazónicos de Colombia, son conocidos como los hijos del tabaco, la coca y la yuca dulce. 

En las tardes, integrantes de la comunidad preparan el mambe a partir de las hojas de la planta sagrada de la coca.

El origen de la comunidad 

El Cacique cierra los ojos y hace memoria del origen de su comunidad. Cuenta que Huitorá se conformó durante el periodo de la guerra entre Colombia y Perú, en los años 1932 y 1933.

Recuerda que su padre, Carlos Garay, junto a varios parientes, se desplazó desde La Chorrera (Amazonas) huyendo del conflicto hasta el río Caquetá. Allí se asentaron en un extenso territorio entre los municipios de Solano (Caquetá) y Puerto Leguízamo (Putumayo), una zona que hoy queda a unas siete horas en lancha desde Puerto Arango, el punto de embarque más cercano a la ciudad de Florencia.

“Esto era pura selva”, recuerda, y dice que “cuando pasó el conflicto, ya firmaron la paz, no había más guerra con Perú, entonces se quedaron aquí. Hicieron chagras, maloka, baile. Así se fue formando Huitorá”.

Mientras habla, todos guardan silencio. Afuera de la Ananeko se escucha el río y la brisa es húmeda y fresca. 

“Mi mamá era del pueblo Andoke y mi papá Murui Muina”, continúa. Cuenta que su padre fue uno de los primeros caciques y autoridad tradicional de la comunidad, un rol que le fue entregado hace 63 años y que, a su vez, heredará a su hijo Luis Antonio Garay Martínez, quien está a su lado como uno de sus aprendices y seguidores de los conocimientos tradicionales de su cultura.

Esa herencia fue encontrando, con el tiempo, respaldo en el papel. Lo que comenzó como una semilla de reconocimiento en 1981 –cuando el entonces Instituto Colombiano de la Reforma Agraria (Incora) constituyó el resguardo con 67.220 hectáreas mediante la Resolución 0022–, floreció décadas después tras un largo camino de gestión indígena.

El mapa espiritual trazado por los abuelos en el mambeadero fue aceptado por el Estado. En 2022, la Agencia Nacional de Tierras (ANT) avaló la ampliación del resguardo –que pasó de 67.220 a 131.571 hectáreas– mediante el Acuerdo 240. Este territorio fue entregado formalmente a la comunidad en julio de 2025, durante un acto público en Florencia.

Hoy, el resguardo es un territorio que se extiende sobre tres municipios. Por Solano, colinda con los resguardos Coropoya y La Teófila, y con las veredas Orotuya, Tres Troncos y La Pizarra; por Cartagena del Chairá limita con áreas de ley segunda; y por Puerto Leguízamo (Putumayo) se encuentra con el resguardo La Primavera.

Las bonanzas 

“El paisaje ha cambiado, ya no es como era antes”, dice el sabedor Julio Garay cuando toma la palabra en el mambeadero. Desde su memoria, recorre una a una las bonanzas que han marcado la historia de los ríos Caquetá y Orteguaza, principales vías de transporte y sustento para comunidades indígenas y campesinas. 

“El territorio empezó a cambiar con el apogeo –digamos–: primero la madera. Segundo, los cueros, las pieles, las aves y los primates. Después vino la bonanza de la pesca. Y luego llegó la coca. Después de la coca, ya vinieron a cortar la madera que había quedado”. Cuenta que “había harta gente en la comunidad, pero se fueron. Eso azotó mucho la pobreza”.

Hoy, Huitorá está integrada por 53 familias, más de 170 personas, según el censo autónomo del resguardo. 

La palabra pasa entonces al Cacique. “La coca es de nosotros”, subraya, y añade: “Dios nos dejó la mata de coca para concentrarnos, para mirar todo lo bueno, para enseñar, para manejar el pueblo, para manejar la familia. Y ellos –los grupos armados– la cogieron y no saben cómo manejar la coca. La coca los está castigando. Ellos mismos se están castigando. También, pues por necesidad, se llevan la coca”. 

Mientras el Cacique termina de hablar, el grupo guarda silencio por un momento. Pasadas las ocho de la noche, dentro de la Ananeko, un joven macera las hojas de coca en un pilón de madera y otro hombre cuela el polvo en un cernidor de tela. Diez minutos después se reparte el mambe y continúa el círculo de la palabra.

El mambe se prepara en un pilón de madera.

Con la misma preocupación con la que se habla del pasado, la conversación vuelve al presente. Otra de las amenazas que nombra la comunidad es la deforestación asociada a la ganadería. Alrededor del resguardo y en varios municipios del Caquetá –como Cartagena del Chairá– han sido taladas grandes extensiones de selva.

“La deforestación se miraba por todos lados, entonces nosotros queríamos proteger la diversidad de especies de animales que tenemos. Además, proteger lo más importante, que es nuestra medicina tradicional: las plantas para nuestra pervivencia”, comenta Cristián Alexánder Muñoz García, gobernador de Huitorá.

La devastación de la selva, que se ha intensificado en los últimos ocho años en Caquetá, generó una angustia particular en la comunidad porque afecta las cabeceras de los ríos Orotuya, Peneya y Caquetá, así como los nacimientos de agua que los abastecen. 

“Estaban en riesgo nuestras fuentes hídricas, que ya venían siendo perjudicadas. Nosotros somos el único resguardo que se encuentra en medio de muchas veredas colonas y, por eso, fue que buscamos las alternativas”, dice la lideresa Diana Alexandra Gaviria Muñoz.

“Si nosotros no cuidamos la selva, nosotros no estamos en nada. Los caños, las puntas de los caños, para que no se seque el río, porque nosotros tomamos agua pura, agua limpia que nos da la naturaleza”, asegura Luz Marina Monaityama Fusiamena, cacica y sabedora de plantas medicinales.

La preocupación por el bosque y el agua vuelve una y otra vez en el mambeadero. Esa angustia también se refleja en los datos. Desde 2002 hasta 2024, el Caquetá perdió 540 mil hectáreas de bosque primario, según Global Forest Watch. Tan solo en el periodo 2023-2024 se deforestaron 25.256 hectáreas, informó el Instituto de Hidrología, Meteorología y Estudios Ambientales (Ideam), en respuesta a un derecho de petición enviado por Agenda Propia. 

En esta región, la presencia de grupos armados ilegales ha sido otra amenaza permanente. En las décadas de 1990 y 2000 se registró una fuerte disputa por el control del narcotráfico entre grupos como la guerrilla de las FARC, de acuerdo con el Centro Nacional de Memoria Histórica. Hoy el panorama no es distinto: grupos disidentes, como los Comandos de Frontera, controlan el territorio, los cultivos de uso ilícito y la minería ilegal en el río Caquetá, según reportó la Defensoría del Pueblo. En diciembre de 2025, las disidencias al mando de “Iván Mordisco” realizaron un paro armado que prohibió el tránsito fluvial, reportaron los medios de comunicación.

La recuperación 

Ese panorama, de la deforestación, la tala ilegal y las distintas amenazas, llevó a los abuelos, en este mismo espacio del mambeadero, a iniciar en 2011 un diálogo sostenido sobre la recuperación del territorio ancestral. También para ejercer el derecho de gobernanza que tienen los pueblos indígenas en Colombia.

“Se amplió por el manejo espiritual de los abuelos. Tener una conexión más amplia con la naturaleza y saber que por ahí también transitaron nuestros ancestros, porque la intención era conectarnos con otros pueblos indígenas y tener la misma fuerza espiritual”, explica Luis Antonio.  "

Según relatos históricos, estas tierras antiguamente fueron habitadas por los pueblos Karijona y Andoke. Esta memoria ancestral refuerza la importancia de la ampliación, pues no se trata solo de ganar hectáreas, sino de custodiar el paso de quienes estuvieron antes.

En el mambeadero, recuerdan que para solicitar la recuperación del territorio ante la ANT y el Ministerio de Ambiente tenían dos caminos: justificar una mayor población indígena o demostrar, con detalle, qué estaban conservando. La segunda fue la opción que decidieron sostener.

Con la guía de los sabedores, la comunidad conformó comités de trabajo y buscó alianzas con la Asociación de Cabildos Murui Muina del Alto río Caquetá (Ascainca) y con la Asociación de Autoridades Tradicionales Indígenas del Municipio de Solano (Asimc), del pueblo Korebajü.

“Pudimos trabajar con comunidades de ampliación como Jericó Consaya y el resguardo de Coropoya, que pertenece a Ascainca y Huitorá. Entonces nos planificamos cómo queríamos ampliarnos para recuperar el territorio, pero que fuera un bloque de resguardos indígenas y no dejar que nos dividieran por potreros u otras figuras”, narra Sandro Justo Garay, coordinador de Territorio y Medio Ambiente de Ascainca.

Esta decisión colectiva fue crucial porque les permite cuidar un corredor biológico que conecta los parques naturales Serranía del Chiribiquete y La Paya. “Nos interesa ese sistema de conservación y de conexión biológica. Lo que buscamos con este pensamiento es poder conectar los parques, pero a través de territorios indígenas”, agrega Sandro.

El Parque Nacional Natural Serranía del Chiribiquete, con 4.268.095 hectáreas, es el área protegida más grande de Colombia y se extiende por los departamentos de Caquetá y Guaviare. Alberga pictogramas rupestres del pueblo Karijona, que habitó la región hasta el siglo XIX. El Parque Nacional Natural La Paya, con una extensión de 440.125 hectáreas, se encuentra en el municipio de Puerto Leguízamo. 

Este corredor garantiza el hábitat de especies como el jaguar y es fundamental para la protección de los nacimientos de los ríos Orotuya y Peneya, así como del cauce de los ríos Caquetá y Caguán, explica Sandro.

Cristián aclara que, durante los recorridos, revisaron cuidadosamente las áreas ocupadas por campesinos para no perjudicarlos en la solicitud de ampliación. “Por eso, al tomar los puntos –las coordenadas–, dejamos una distancia de unos tres kilómetros y medio de pura selva, pura montaña”, es decir, zonas de reserva forestal.

La comunidad también recibió el acompañamiento de organizaciones internacionales como Amazon Conservation Team (ACT) y The Nature Conservancy (TNC), que brindaron asesoría técnica y legal durante el proceso.

Antes de las nueve de la noche, la Cacica lleva a la Ananeko la caguana, una bebida medicinal hecha de almidón de yuca y frutas. Todas y todos, incluidas niñas y niños, la comparten como parte del mambeadero. Al mismo tiempo, los jóvenes llenan el tarro con el polvo de mambe y lo reparten entre los hombres presentes. La conversación continúa.

El inventario natural

Una de las actividades que recuerdan como decisiva en el proceso de ampliación fue un recorrido por el caño Peneya, realizado en marzo de 2021 con el acompañamiento de ACT. Durante varios días se adentraron en la selva e instalaron 92 cámaras trampa para registrar la presencia de animales, entre ellos especies en riesgo de extinción. 

“Está la boruga, que es una de las especies que está en amenaza; la tortuga, la charapa –como le llamamos nosotros en el territorio–, y los felinos, como los tigres (jaguares), que también están en riesgo”, comenta el líder Octavio Muñoz Garay.

Mientras la conversación avanza, los nombres de los animales empiezan a aparecer uno tras otro, como si la selva también entrara en la conversación. Los van nombrando sin prisa, uno por uno; muchos hacen parte de su alimentación. Entre los terrestres mencionan la danta, la boruga, el cerrillo, el guara, los venados colorado y chonto, el gurre, el manao, el morrocoy y la rata pecho blanco. De las aves nombran la pava, el paujil, la gallineta, la pava coyulla, la guacamaya, la panguana, el loro churuquero, la guacharaca y el martín pescador. Entre los primates están la marimba, el churuco, el volador, el maicero, el cotudo, el chichico, el tutamono, la comadreja, la ardilla roja, el puercoespín y el perico (perezoso).

“Llevábamos equipos como cámaras, agendas para recoger la información y GPS. Íbamos tomando los puntos importantes para nosotros y haciendo el monitoreo de las especies que encontrábamos, de los sitios especiales y de los árboles”, narra Cristián.

En esas largas caminatas, junto a los sabedores, identificaron más de 100 especies de árboles maderables, más de 300 plantas medicinales y diversas semillas alimenticias. “Por ejemplo, el achapo, el humao, el comino, el medio comino, el tamarindo, madera para uno construir la casa”, complementa el sabedor Rogelio Muñoz. 

En la comunidad de Huitorá, las viviendas, la escuela y la casa del cabildo están hechas de tabla. La madera se extrae únicamente con permiso de las autoridades del resguardo. Está prohibido cortar árboles para la venta u otros aprovechamientos.

Durante el recorrido también reconocieron caños, lagunas y sitios sagrados como los salados, lugares donde los animales beben agua con minerales y donde se realiza la cacería. 

“Los salados son importantes para nosotros conectarnos. Cuando vamos a cacería se debe consultar; los animales no los vamos a matar por matar, es para alimentar a la familia. Debemos respetar para que ellos nos den más, siempre bajo la orientación de los abuelos”, explica Carlos Armando Jipa Castro, médico tradicional. Para él, la selva es un territorio espiritual donde cada animal y cada planta tiene su ‘dueño’, y por eso es necesario pedir permiso.

La selva también les provee las plantas medicinales para tratar enfermedades físicas y espirituales. “El bosque es un hospital; encuentro toda clase de medicina natural. Medicina para los dolores de cabeza, de estómago y del cuerpo; para la diarrea, la fiebre y el vómito; para curar cortadas, picaduras de culebra y de raya. Aquí tenemos medicinas cuando el niño no quiere gatear o cuando a los niños les sale el ombliguito”, dice Carlos. 

Con la ampliación del área de selva, explica, se garantiza la disponibilidad de esas plantas para el manejo curativo. “Si una planta no está en este pedacito de tierra, la encuentro más allá. En la selva es donde hacemos la consulta espiritual; así es nuestro manejo”. En Huitorá la medicina tradicional es fundamental porque carecen de asistencia médica y no hay puesto de salud. 

“Con esa experiencia he aprendido sobre monitoreo: se va conociendo qué función tienen los árboles, las plantas, los ríos, los caños, los insectos y los peces. A través de eso también hemos aprendido los nombres científicos de muchas especies. Yo, como abuelo, aporto los nombres tradicionales, y en el diálogo con otros abuelos ese conocimiento se complementa”, expresa el sabedor Elías García Ruiz. 

También les permite mantener la tradición de la chagra. Es la siembra rotativa que hacen en la selva en distintos lugares para dejar “descansar y recuperar la tierra”, explica la Cacica. Allí cultivan yuca, maíz, plátano, chontaduro, piña, caña, chirimoya, guama, ñame, batata y maní. También plantas medicinales como coca, tabaco, hierbabuena, albahaca, malva, paico, verbena, ortiga, pronto alivio, jidoro, achiote, ají, limoncillo, verdolaga, sábila y cúrcuma, entre otros.

Este es un espacio de enseñanza. Las madres le transmiten a sus hijas, hijos y nietos los ciclos del calendario ecológico, lunares y el equilibrio natural del territorio.

Todas estas evidencias quedaron registradas en cuadernos, cartografías e informes técnicos. El conocimiento tradicional también fue sistematizado: en agosto de 2025, por ejemplo, publicaron el libro Ichi rafue, ire ekasite uiyekodo jaiyokeide: La chagra como enseñanza para el futuro y la adaptación del cambio climático, del Resguardo Indígena Huitorá.

Antes de cerrar la noche, la conversación vuelve al presente y a los desafíos que siguen.

Diálogos con los campesinos 

Cerca de las diez de la noche, la comunidad habla sobre una prioridad que aparece una y otra vez en el mambeadero: dialogar con los campesinos, con las comunidades vecinas y exigir al Estado el saneamiento del territorio.

Las actividades ganaderas y los aprovechamientos forestales realizados por campesinos y madereros, muy cerca de los límites del resguardo, están afectando los esfuerzos de conservación y la conexión espiritual del pueblo indígena.

La comunidad de Huitorá posee registros de la extracción ilegal de madera en su territorio. En un recorrido realizado en 2023 los indígenas encontraron arrumes de madera a orillas del río Orotuya. Por estas evidencias tienen claro que deben mantener la vigilancia comunitaria.

Por ello, solicitan revisar y clarificar los límites.

En el área, además existen varios núcleos de desarrollo forestal liderados por comunidades campesinas que podrían impactar directamente al resguardo, este programa es apoyado por Visión Amazonía y promovido por el Ministerio de Ambiente. Uno de los núcleos es Orotuyo, tiene una autorización para el aprovechamiento de 7.095 hectáreas de bosque natural y 2.900 hectáreas de áreas de reserva, otorgada por la autoridad ambiental Corporación para el Desarrollo Sostenible del Sur de la Amazonía (Corpoamazonía). 

“Nosotros queremos que la ANT nos entregue el territorio saneado totalmente para darle nuestro manejo tradicional”, señala Octavio Muñoz. “En nuestro territorio está nuestra sabiduría, toda la biodiversidad, y también el oxígeno que todos necesitamos. Somos cuidadores por naturaleza y eso es lo que queremos seguir conservando”, agrega.

Sandro explica que el acompañamiento de organizaciones como ACT ha sido clave para facilitar los encuentros y avanzar en acuerdos. “La zona es muy grande y articularnos requiere apoyo económico. Solo así podemos protegerla juntos”, asegura.

Para el médico tradicional, el diálogo con los campesinos es fundamental para que comprendan que el bosque y el agua benefician a todas y todos. “Si no hay agua, entonces hay que dialogar con los vecinos, porque ahí también toman las vacas y los animales. Se deben respetar los cananguchales: ahí está la riqueza de la medicina”, dice.

El Cacique recuerda que los abuelos se sientan cada noche a concentrarse y a pedir por la armonía. Desde esa palabra “buena” orientan a los líderes para que los diálogos con los campesinos se den con calma y se logren acuerdos para la preservación de los bosques y los animales.

Los jóvenes que participan en los monitoreos comunitarios cuentan que desde el segundo semestre de 2025 se vienen preparando para acompañar estos diálogos.

“Nuestros abuelos nos orientan a manejar la calma, ellos siempre nos hablan de F+aikana, ir despacio, con la palabra buena. Por eso siempre trabajamos con d+ona, jibie, fareka –el ambil, el mambe y la caguana, la yuca dulce–.  Esa buena energía que nos dan las plantas sagradas es la misma con la que queremos acercarnos a nuestros vecinos”, explica Juan Carlos Jipa, monitor y comunicador del resguardo.

Desde el espacio sagrado del mambeadero, la Cacica Luz Marina invita a las nuevas generaciones a recibir este logro con responsabilidad. Para ella, la ampliación es la garantía de que los jóvenes sigan el rastro de sus ancestros: “Que sigan con esa palabra, con buena visión, cuidando nuestros animales, bosques, caños y peces; no para explotarlos, sino para el sustento de la familia y de la comunidad”, asegura.

En el acto de entrega formal del resguardo, realizado en julio de 2025, Olinto Rubiel Mazabuel, subdirector de Asuntos Étnicos de la ANT, señaló que la labor del Estado no termina con la firma de los títulos. Explicó que es necesaria una articulación para llevar infraestructura, salud y servicios básicos a la región. “Nosotros cumplimos con una partecita, pero las otras entidades tienen que articularse para que este ejercicio contribuya a un verdadero desarrollo social, económico y político”, enfatizó.

El 30 de diciembre de 2025, la ANT informó que en los últimos tres años ha formalizado más de 1,3 millones de hectáreas para pueblos étnicos (comunidades afro y resguardos indígenas) en todo el país, garantizando la seguridad jurídica de sus territorios y avanzando en el reconocimiento de sus derechos ancestrales.

Por su parte, el alcalde del municipio de Solano, Luis Hernando González Barreto, en ese mismo evento dijo que es importante que se conozcan con precisión cuáles son los límites de los resguardos ampliados para “que no se presenten dificultades”. Solano tiene 31 resguardos indígenas y comunidades campesinas. “Es un territorio que no se debe invadir; eso lo hemos venido hablando con todas las comunidades. Estaremos pendientes de cualquier problemática que se llegue a presentar y, obviamente, para tomar las acciones que correspondan”.

El mambeadero concluye pasadas las diez de la noche. El Cacique agradece a todas las personas que aportaron su palabra. En este espacio, los abuelos sabedores y quienes siguen la medicina continuarán mambeando noche tras noche, pidiendo a Moo Buinaima la fuerza necesaria para cuidar la selva y asegurar la pervivencia de las futuras generaciones. 

Nota. Este relato colectivo recoge conversaciones sostenidas en distintos momentos de 2025, entre julio y noviembre, muchas de ellas en el mambeadero del Resguardo Huitorá, y se complementa con información de contexto. En los meses posteriores, el Cacique Luis Antonio Garay redujo su participación directa en los espacios colectivos por motivos de salud. Su palabra, sin embargo, sigue orientando el pensamiento y las decisiones de la comunidad.

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