Caminar la selva y recorrer los ríos es una forma de cuidado de la Amazonía.

Edilma Prada Céspedes.
Colombia

Cuidar la selva caminándola: el monitoreo territorial de la comunidad de Huitorá

Cocreadores

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Jan 29, 2026 Compartir

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El Resguardo Indígena Huitorá, en Solano (Caquetá), realiza recorridos periódicos por ríos y selva para conocer el estado de su territorio, los sitios sagrados y la vida que lo habita. Caminarlo es parte de su forma de cuidado y de gobierno propio frente a la deforestación y otras amenazas. Agenda Propia acompañó uno de estos trayectos por el río Orotuyo. Esta es la bitácora del viaje.

En dos lanchas embarcan dieciséis personas: una joven mujer y quince hombres. Son líderes, sabedores y monitores comunitarios Murui Muina del Resguardo Indígena Huitorá. Inician un recorrido por el río Orotuyo para conocer el estado de la Madre Selva y verificar si hay presencia de madereros, pescadores o cazadores ilegales  –como ocurrió en años anteriores, cuando personas ajenas a la comunidad talaron árboles sin el permiso del cabildo ni de las autoridades tradicionales–. Caminan guiados por los conocimientos de sus ancestros y su medicina. 

Cristián Alexánder Muñoz, gobernador del resguardo, revisa que los monitores lleven los GPS, los celulares y los cuadernos para el levantamiento de la información; también el mercado, las ollas, los cauchos, los lazos, los machetes, y una planta eléctrica para el montaje del campamento. Confirma, además, que hayan empacado hamacas, mosquiteros y carpas para pasar la noche en el bosque. 

En una mochila, el sabedor Delio Gaviria carga mambe (jibie) y ambil (d+ona), medicina que usan para la protección. La noche anterior, en la Ananeko –maloka en idioma Murui–, fue delegado por los abuelos sabedores para pedir permiso a los espíritus de la selva. En la cosmovisión del pueblo Murui Muina los animales, las plantas y el agua tienen su propio dueño; por eso, cada noche, en la Ananeko, se comunican con los seres sagrados.

A las ocho de la mañana inicia la ruta desde la comunidad de Huitorá, ubicada a orillas del río Caquetá. Media hora después, las lanchas se desvían por la desembocadura del Orotuyo, afluente que marca el límite del resguardo con la vereda Orotuya y el Resguardo Indígena Coropoya.

“Desde aquí vamos a empezar el monitoreo para la recolección y verificación de nuestro territorio: cómo está en el tema ambiental y maderable”, anuncia Cristián.

En Huitorá realizan estas labores de control comunitario dos veces al año, ejerciendo así su derecho a la gobernanza propia.

“Todo se hace para el cuidado de nuestra selva, que es lo más importante, pues aquí encontramos la biodiversidad, nuestra medicina”, recuerda el líder Octavio Muñoz Garay.  

El Resguardo Indígena Huitorá, constituido en 1981, tiene una extensión de 131.571 hectáreas; de estas, 64.351 fueron ampliadas mediante el Acuerdo 240 de 2022, en un proceso de recuperación del territorio ancestral. El resguardo se extiende en los municipios de Solano y Cartagena del Chairá (Caquetá) y Puerto Leguízamo (Putumayo). Vea la historia de la ampliación

Mientras navegan por el Orotuyo, los monitores observan cuidadosamente las orillas del río o “el caño”, como llaman a las vertientes que fluyen en esta región amazónica. Algunos registran en video y fotografía; otros están atentos para evitar que las ramas o los troncos caídos en el agua afecten la movilidad.

Cada dos horas se bajan de las lanchas y se internan en la selva por varios minutos para constatar si hay talas de árboles, arrumes de madera, o nuevas trochas. En cada parada, anotan las coordenadas.

También realizan un inventario del estado de los ecosistemas y comprueban la conservación de los árboles y de los sitios sagrados, como los salados, a donde los animales van a descansar y a hidratarse. “Van a chupar el agua”, dice Cristián, y añade: “Tenemos una diversidad de animales que queremos proteger, como la danta y el jaguar”.

“Nosotros, como monitores, observamos las plantas, los animales, toda la fauna y la flora, haciendo el control de vigilancia en los caños, los peces y los árboles”, explica Anderson Giovanni Fusiamenta Firisateque.

El grupo sigue navegando y, conforme avanza, el paisaje cambia. Por el lado de Huitorá se observa vegetación espesa y árboles frondosos, como las ceibas. En la zona limítrofe con el resguardo Coropoya, del pueblo Murui Muina, la selva es aún más cerrada. Allí, el río oscurece y aparecen más aves, como el martín pescador y las garzas.

A las cuatro de la tarde, Cristián indica que es momento de buscar un lugar para pasar la noche. Debe ser un sitio elevado, pues saben que en esa región caen fuertes aguaceros y que, cuando ocurre, el nivel del agua aumenta rápidamente.  

Según indica el GPS, desembarcan a 27 kilómetros de la comunidad para montar el campamento. Tres hombres acondicionan el espacio, cortando la maleza bajo los árboles; dos tienden las cuerdas; otros instalan los cauchos y buscan leña para prender el fuego. Luego, cada uno organiza su hamaca y su carpa. Antes de oscurecer, ponen dos ollas y preparan café y arroz. 

A las seis de la tarde se reúnen para el espacio tradicional del mambeadero. Delio reparte el mambe, el ambil y el tabaco para concentrarse. 

La conversación inicia agradeciendo a su dios Moo Buinaima y con la petición de permiso a los espíritus. 

Por varios minutos, el grupo se queda en silencio. Se escuchan la selva y el río.

“Entre la coca y el ambil, uno se concentra; entonces nos comunicamos con los espíritus del monte, el búho, los relámpagos, el viento”, dice Delio. “Nuestros elementos sagrados son el ambil, la coca y la yuca dulce (fareka). La yuca dulce endulza la palabra. Cuando la palabra es fuerte, uno toma ese zumo y hace que el corazón esté más fresco”.

En el mambeadero también conversan sobre cómo transcurrió la jornada. Delio recuerda que tienen permiso para cazar algunos animales para la alimentación durante los días del viaje, como lo aconsejaron los abuelos en la maloka. 

Al rato, tres jóvenes salen de cacería.

“Nuestros antepasados vivían de la cacería y de la pesca, algo nutritivo para fortalecer la familia. Aquí es común la boruga –la guagua–, el venado colorado, el venado chonto, el cerrillo, el manao, el churuco, la marimba”, cuenta Jairo Esteban Ruiz, quien además de ser monitor comunitario también es cazador.

La conversación termina a las diez de la noche. Más tarde, los jóvenes regresan con dos borugas.

Hacia la zona ampliada

El segundo día, los monitores se alistan muy temprano. Preparan el desayuno, con carne asada de boruga, y a las siete se reúnen para coordinar las actividades. 

Se dividen en tres grupos: el primero navegará río arriba hasta la zona ampliada del resguardo; el segundo irá a revisar la parte baja del río, y el tercero monitoreará los alrededores del campamento.

“Tenemos que ir muy juiciosamente mirando por los lados de nuestro territorio, a ver qué novedades encontramos”, dice Cristián. "

“Recuerden siempre tomar registro: el punto, el lugar. Si pueden tomar evidencia fotográfica, mucho mejor. Y tengan en cuenta que estamos en pura selva; ojalá vayan marcando también picas para no extraviarse”, recomienda Octavio.

Antes de salir, el sabedor Delio, junto a un monitor, reparten mambe. 

A las 8:30 de la mañana, Cristián, Octavio y cuatro monitores salen en una lancha. Entre ellos están Germán, un joven de 14 años, y María Isabel, de 22. Es la primera vez que ambos acompañan estos recorridos, con la tarea de aprender a ver la selva como un ser vivo.

Mientras navegan y caminan por el bosque, los sabedores y líderes van compartiendo con los jóvenes los conocimientos de los usos y costumbres de su pueblo: los nombres de los árboles, las aves, las plantas medicinales. También les enseñan sobre la cacería, la pesca y, sobre todo, la conexión sagrada con la naturaleza. 

“Todo este conocimiento que vamos aprendiendo lo enseñamos a nuestros niños y jóvenes, porque más adelante son ellos quienes van a continuar estos procesos”, dice María Isabel Garay Monaityama.

Al mediodía realizan un sobrevuelo con el dron, equipo que usan para apoyar las tareas de monitoreo. Desde el aire observan la inmensidad de la selva, que se extiende como un amplio tapete verde. La cámara muestra un paisaje continuo y “no hay evidencia de deforestación, claros o huecos que indiquen árboles talados”, corrobora Octavio, mientras observa la imagen en la pantalla del celular.

El avance hacia el área ampliada se vuelve difícil. Hay muchos árboles caídos. En las cuatro horas de navegación han encontrado más de una decena de troncos y grandes chamizos que obstaculizan el paso, por lo que avanzan lentamente. 

Cristián toma un hacha para trozar las ramas de un árbol. “No podemos avanzar más porque el caño está muy tapado; muchos palos han caído. No llegamos hasta el punto del límite ampliado, pero el objetivo es verificar que no haya personas deforestando ni cazando”, explica.

Desde el campamento lograron avanzar tres kilómetros. 

“La selva está sana”, dice Cristián. “Es lo mismo que vimos la vez pasada, cuando subimos hace dos años. Ya la gente casi no transita porque la guaruma y la guadua están cruzando los caños”.

Por la cantidad de árboles y palos caídos en el río, concluyen además que en esa zona no hay paso de tráfico de madera. 

“No encontrar factores negativos como tala y ver que nuestra selva está quieta, que nuestros árboles maderables están quietos, nos da alegría. De ellos se alimentan animales como el cerrillo y los manados; por los frutos se alimentan la marimba, el churuco y algunas aves, como las pavas. Todo eso es un factor positivo para nosotros”, señala María Isabel. "

A la una de la tarde regresan al campamento. En el trayecto realizan una caminata de treinta minutos por la selva, donde observan micos que se desplazan por las copas de los árboles. María Isabel los mira balancearse entre las ramas y toma fotografías.  

“Hacemos este trabajo de monitoreo para que esos animales también estén bien, porque ellos, como nosotros, necesitan vivir en armonía y en paz”, dice Cristián. 

Los otros grupos caminan por la selva y revisan el estado de la vegetación. En el plan de manejo territorial del Resguardo Huitorá tienen registradas más de cien especies de árboles, palmas y plantas medicinales.

“Las especies más importantes que protegemos son los árboles. Los conocemos gracias a la orientación de nuestros abuelos, por ejemplo, los que se usan para la construcción de las casas: el amarillo, el achapo, el ahumado para los estantillos”, explica Jairo Falla Rentería.

En estas selvas hay especies como marfil, tamarindo, granadillo, perillo, achapo, chingale, guamo, capirón, mochilero, ceiba, aguarraz, cacho, manguillo, ahumado, arenillo, lagunero, gomo, zapotillo y cedro; este último está en vía de extinción y en Colombia está prohibida su comercialización.

También hay palmas como milpes, asaí, bombona, milpecillo, guajo, yabari, zancona, coquillo, espinosa, puy y canangucha. 

“Para nosotros, como pueblos indígenas, la selva es importante porque milenariamente nuestros antepasados la han protegido. Eso viene en la sangre, de generación en generación. Tenemos que cuidar la naturaleza, porque de ella vivimos; hay que cuidarla porque da oxígeno para toda la humanidad”, dice Jairo.

Hacia las cinco de la tarde, los grupos se encuentran en el campamento. Cocinan juntos y preparan caguana con frutas, o “pepas”, recolectadas en la selva. Mientras cae la tarde, dos de los hombres salen a cacería. 

Una hora más tarde, un fuerte viento sacude durante más de treinta minutos los árboles y el plástico del campamento. Delio lo percibe como una señal. Se sienta a mambear coca junto con otros tres indígenas y, tras concentrarse, coinciden en que el mensaje del viento es claro: no es tiempo de cazar. 

Esa noche, los hombres que salieron no corren con la misma suerte que la víspera. Regresan al campamento ya de madrugada, después de que termina un fuerte aguacero. 

Revisión arrumes de madera

En el tercer día, los monitores comunitarios luego del desayuno acuerdan revisar los arrumes de madera identificados en recorridos anteriores. Volverán a los mismos lugares para constatar si la madera sigue allí o si fue movilizada. También buscan rastros de caminos, otra forma de comprobar si al territorio han ingresado personas a cazar o a talar árboles.

Durante la conversación deciden empezar el retorno a la comunidad, ya que esta verificación la harán río abajo. Levantan el campamento, organizan los morrales y apagan el fogón. 

El control de vigilancia se mantiene. Observan las orillas del río y se internan varias veces en la selva para revisar cómo está el monte. En el camino, recolectan semillas de árboles para plantarlas cerca del resguardo y llevan consigo plantas medicinales.  

Octavio y otros tres monitores encuentran el arrume de madera que, dos años atrás, decomisaron a madereros que pretendían sacarla sin permiso.

“Estamos en un lugar donde encontramos un arrume de madera que nunca movieron. Esa madera se pudrió; ya no sirve para nada. La cortaron pero nunca la sacaron”, dice Octavio, como evidencia de que madereros ilegales han ingresado al lugar.

Señalando uno de los troncos, Rolando Chimbo Jipa explica: “Es tamarindo, le decimos el polvillo. Sirve para hacer casas. Este árbol da una semilla que se comen el churuco, los cerrillos y la boruga”.

Octavio señala que una de las principales preocupaciones en la zona es la extracción ilegal de madera. En la parte baja del municipio de Solano –explica–, algunos madereros utilizan permisos legales de aprovechamiento forestal para talar en zonas no autorizadas. A esto se suma la inquietud de la comunidad por el funcionamiento del núcleo de desarrollo forestal Orotuyo, ubicado en una vereda vecina. 

Deja claro que, por el momento, no se está sacando madera del resguardo. “Ese es el cuidado que tenemos que hacer frecuentemente; por eso realizamos los monitoreos”, añade.

Más abajo, realizan un último sobrevuelo con el dron y vuelven a constatar que el territorio está sano. Al otro lado del río se observa un área despejada: es la vereda Orotuya, donde los campesinos se dedican a la ganadería, una actividad que presiona la frontera agrícola y avanza sobre el bosque amazónico. 

El recorrido finaliza con el regreso tranquilo a la comunidad. 

“La selva está sana”

Al cuarto día, de regreso en la Ananeko, el mambeadero, el gobernador, los líderes y los monitores entregan a los abuelos y a la comunidad el reporte del camino.

Relatan los tres días internados en la selva y comparten la buena noticia: la Madre Selva está sana. No encontraron evidencias de tala ni de cacería ilegal.

“Cumplimos la meta que teníamos como comunidad de salir a verificar”, dice Cristián. “Hemos demostrado que también sabemos conservar, que sabemos cuidar este espacio territorio grande que está en nuestra Amazonía”. "

“Hemos visto que nuestra Madre Tierra está sana. No hay deforestación ni tala de bosque; está intacta”, añade María Isabel.

Octavio comparte con la comunidad los puntos visitados y las anécdotas del recorrido, así como el trabajo realizado junto a los monitores y los jóvenes que acompañaron la caminata. Precisa que las observaciones y los registros se hicieron dentro los límites del resguardo: “Por ejemplo, con el dron verificamos nuestro territorio, sin meternos en el área externa que no nos pertenece para no tener inconveniente con los vecinos”.

Los abuelos en la conversación dejan el mandato de que el trabajo de monitoreo debe continuar. Cuidar la selva es una forma de proteger los saberes, la seguridad alimentaria, las costumbres y el futuro del pueblo Huitorá, y también de la humanidad.

Para la comunidad de Huitorá, monitorear no es sólo recolectar datos ni levantar registros técnicos. Aunque usan GPS, cuadernos y drones, caminar la selva es, sobre todo, un acto de presencia: estar en el monte, escuchar lo que dice el río, pedir permiso a los espíritus y dejar constancia de que el cuidado del bosque también es una forma de gobierno propio, espiritual y político.

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