Karla, de once años, pertenece al pueblo Wayuu y vive en La Guajira, Colombia, muy cerca de la frontera con Venezuela. Karla registra con una cámara su territorio.

Pablo Albarenga.
Venezuela | Colombia

“Seguimos conectados a nuestros ancestros”, Karla

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Jun 15, 2020 Compartir

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Niños y niñas Wayuu aprenden de sus abuelos y abuelas las realidades de su territorio. En esta historia, Karla Lucía Uriana González, de once años, comparte su sentir y vivencias en Colombia y Venezuela.

Las huellas que voy plasmando en la arena con las waireñas (cotizas o zapatos) mientras camino son parte de la memoria que tengo de mi territorio, caracterizado por los paisajes áridos, las mujeres con sus mantas coloridas, los hombres en el pastoreo de las cabras, los niños y niñas jugando con muñecos de barro, y los muchos colores que se ven desde la diversidad del desierto y la vegetación de woumainkat (nuestro territorio), La Guajira, una mezcla de magia cautivadora.

En ese caminar, por la comunidad de Alakat, ubicada a 45 minutos de la frontera de Colombia con Venezuela, me encontré con Karla Lucía Uriana González, una niña Wayuu de once años. Ella me preguntó qué trabajo estábamos haciendo junto a Pablo, mi compañero de viaje. Le conté que unos relatos y fotografías para unas historias, y en un momento de la conversación, ella me empezó a hablar sobre Venezuela. Karla es una niña que solo pudo ser ella, con su corazón lleno de inocencia y su carácter nos transmitió grandes enseñanzas. Esta historia la comparto porque para nosotros los indígenas, las voces de los niños y niñas son importantes debido a que narran con sinceridad, desde sus miradas, lo que pasa en su entorno y porque ellos son la continuidad de nuestros pueblos.

“Yo nací en Venezuela, mi nombre allá es Karla Eugenia Farías Sierra, pero acá me llamo Karla Lucía Uriana González. En este momento nos encontramos en la comunidad Alakat donde viven nuestros padres y toda nuestra familia”, me contó.

Karla me hizo recordar que muchos de los Wayuu tenemos dos nombres. Aunque nuestros mayores nos han dicho que no hay fronteras, que somos binacionales, la realidad es que los Estados no respetan estos derechos, por lo que existe una doble identidad expandida en el pueblo Wayuu. En nuestras comunidades viven personas que son profesionales en un país y sin formación educativa en el otro; con seguros médicos en uno y sin oportunidad de ingresar al sistema de salud en otro.

Así empezó el diálogo con Karla, que me llevó a pensar en mi propia historia, que al final es la historia de las más de 380.000 personas del pueblo Wayuu que hay en Colombia y las 415.000 que hay en Venezuela, según censos oficiales de 2018 y de 2011, respectivamente.

¿Conoces la frontera?, le pregunté.

“La primera vez que conocí la frontera fue en la madrugada. Había paro, no teníamos pasajes y nos fuimos a pie mi mamá, mi hermano que estaba pequeño y yo (…). La frontera daba miedo, porque es peligrosa, hay guardias y gente mala”.

Karla narra que para esa época vivía con su familia en la ciudad de Maracaibo (Venezuela) y la nombra como su lugar de origen. Cuando la escuché, pensé en nuestros paisanos, porque, así como Karla, estamos los Wayuu a quienes nos tocó nacer y crecer en esa ciudad. Hoy muchos de nosotros la recordamos como nuestra tierra amada, la del sol, de gaitas, de ricos patacones y del gentilicio maracucho. Nuestros a’laülaayuu (abuelos) nos relatan que cuando jóvenes migraron a Venezuela desde La Guajira colombiana, en busca de oportunidades y nuevas posibilidades de seguir siendo indígenas en medio de grandes ciudades.

El tema de la frontera me recuerda las historias que me ha contado mi mamá sobre mi abuela Lucinda Henríquez, a quien nunca pude conocer. Ella fue la primera de nuestra familia en migrar al país vecino. En medio de la conversación, Karla me contó que tampoco pudo conocer a su abuela y me dijo: “Lucía se llama mi abuela que ya no está”. Comprendo lo inevitable que es extrañar esa ciudad, Maracaibo, a la cual no pertenecemos, pero es un lugar que en su momento nos brindó oportunidades de educación, economía y vivienda, esa “anaakua’ipaa” (vivir bien), esa calidad de vida tan anhelada. Lugar donde desarrollamos nuestras vidas tras los sueños y huellas de nuestros abuelos. Allí, los Wayuu que salieron del desierto del lado colombiano, trabajaron y le ayudaron a sus familiares que se habían quedado en La Guajira. 

Mientras corría una brisa fresca en medio de los cují (árboles) y la vegetación diversa que crece con más facilidad en la baja Guajira donde la tierra es un poco más fértil, Karla nos sumergió en su mundo de niña Wayuu por medio de la cámara fotográfica que nos pidió prestada para retratar a su comunidad. Mientras obturaba, nos contó del uso de las plantas que encontrábamos a nuestro paso, como rülipi, aipia y jeechua, que según Karla son plantas medicinales de acuerdo con las enseñanzas de sus mayores. Luego, nos sentamos y empezamos a hablar del significado de territorio.

- “Desde que llegué aquí, mi abuelo es el que nos enseña las cosas de este territorio”.

- ¿Qué es territorio?

 - “Territorio es comunidad, lugar, hogar, ciudad, departamento, es permanecer en ese lugar.”

 - ¿Cuál es tu territorio, Karla?

 - “Mi territorio es en Venezuela, allá era un buen lugar, cuando estaba el otro presidente que ya se murió, Chávez, estábamos bien, mi mamá trabajaba, nos daba de comer todos los días, pero ahora ni para comprar un cheetos hay, ni un caramelito. En Venezuela ahora es hambre lo que hay”.

La frontera es un lugar que los Wayuu no reconocemos. Desde niños sí sabemos de la raya, que es un punto de control migratorio que divide a Colombia y Venezuela que está ubicado en Paraguachón (Maicao, Colombia). Por allí pasan personas todo el tiempo. Los gobiernos de ambos países se han empeñado en imponer la frontera y enseñarnos, a través de ella, que pueden trazar barreras entre los seres humanos para hacernos creer que no todos somos iguales por ser de un lugar o de otro, por los colores de piel, los enfoques, el pensamiento, el vestuario, el estatus económico, la gastronomía. Todo es susceptible de convertirse en barrera y, una vez la aprendemos, muchas veces nosotros mismos nos encargamos de mantenerla levantada.

La historia y la vida nos obligaron a crecer fuera y a extrañar nuestro ser. La comunicación que hemos tenido con nuestro territorio ancestral desde los lugares donde nos encontramos ha sido a través del lapü (el sueño), ese que espero nunca perdamos porque es la única forma de seguir conectados con nuestra cultura y creencias.

Luego, nos detenemos cerca de un jagüei. Con la cámara, Karla enfoca el reservorio artesanal y nos explica que “allí se acumula el agua en tiempos de lluvia. Los Wayuu buscamos el agua que se utiliza en las casas, para bañarnos y donde los animales beben”.

Nos quedamos un buen rato en este lugar tomando fotos con ella. En un momento, se acercó otra niña que Karla llamó para que jugaran, pero solo se saludaron en Wayuunaiki, nuestra lengua, porque la niña andaba de prisa. Entonces, se fue, pero prometió volver. Seguimos caminando y escuchando las historias que ella nos contaba de este sitio y del por qué estaban ahora ahí.

“Nosotros nos venimos para acá para estudiar, para sacar adelante a mi mamá, a mis padres, a mis hermanos”, nos dijo y añadió que quisiera ser doctora “para salvar las vidas de mi familia, de personas que necesitan curar enfermedades, que no tienen para curar, quiero ayudar a las personas que son pobres como yo”.

Sin embargo, como contó Karla, “las personas son egoístas, no piensan en los demás solo en ellos mismos”. Frase muy cierta en un entorno donde solo han mirado a La Guajira para saquearla, donde la humanidad se ha perdido para con el otro y su alrededor, pero aún así el Wayuu sigue siendo, sigue dando lo mejor de sí. Las niñas y niños Wayuu son la esperanza de un pueblo que ha existido milenariamente y que ha resistido a través de la historia.

Los Wayuu soñamos con tener un futuro lleno de posibilidades. Esta vez hablo por Karla, una niña que, como tantas otras en nuestro pueblo, merece acceder a una educación de calidad para que pueda desarrollar ese potencial intelectual que sentí en medio de sus palabras. Los seres humanos con mejor educación tenemos otras oportunidades.

Luego de compartir dos horas con Karla, llegó su madre a buscarla. María Eugenia Uriana agarraba de la mano a su hijo de ocho años. María nos contó que Karla es una niña con mucho potencial y que sentía un gran orgullo por ella. Luego, los vimos irse caminando por el sendero de tierra árida bordeado por plantas de un color verde brillante, vegetación característica de la comunidad de Alakat.

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