Claudia Piaguaje, lideresa indígena Zio Bain, recolecta un cacao que sembró en su chagra.

Brigitte Escobar Piaguaje.
Colombia

Semillas de resistencia: el tejido de sanación de las mujeres Zio Bain

Cocreadores

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Apr 8, 2026 Compartir

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Las mujeres indígenas Zio Bain siembran en la chagra plantas medicinales y cultivos de pancoger para sanar las heridas que han dejado el conflicto armado y la industria petrolera en su resguardo Gonzaya (Buenavista), entre Colombia y Ecuador. La comunicadora Brigitte Escobar Piaguaje, coordinadora de la guardia cuiracua, dialoga con su madre Claudia Piaguaje sobre la importancia de este espacio para la transmisión de saberes, sanación del territorio y organización colectiva.

Con mi madre, Claudia Piaguaje, caminamos por la chagra, un espacio al que vamos cada semana para sembrar albahaca, hierbabuena, limoncillo, plátano, yuca, ají, caña y otras plantas esenciales para nuestra subsistencia como pueblo Zio Bain. Aquí ella me enseña para qué sirve cada planta y cómo nos sanan a las mujeres de los daños que hemos vivido por el conflicto armado y el impacto de las petroleras en nuestro territorio.

Nuestro espacio de siembra está en la comunidad Siona-Kichwa San José de Wisuyá, en la provincia de Sucumbíos, Ecuador: un territorio de 2.850 hectáreas donde las familias viven cerca de la ribera del río Putumayo. Las casas están construidas en madera y la mayoría tiene gallinero. En los alrededores crecen árboles como el zapote, la naranja, el cacao, el caimo, el chontaduro y la uva. 

Cruzando el Gantëya —nombre del río en nuestro idioma propio, mai coca— está el resguardo y la comunidad de Gonzaya Buenavista, en Puerto Asís, Colombia. Ambos lugares, conectados por la vida y la espiritualidad, conforman el pueblo Zio Bain, del cual hacemos parte 233 familias. 

Cuando estamos en este lugar, mi madre siempre me dice que la planta más importante para nosotros es el yagé, porque allí está nuestra esencia como pueblo. Con ella, los Yai Bain (taitas o médicos tradicionales) limpian el Mai Yija (nuestro territorio), cuidan a la gente y mantienen la conexión con los espíritus de la selva. En este espacio recibimos orientaciones y proyectamos los tejidos comunitarios para continuar el camino de los ancestros.

“Sin el yagé dejamos de lado nuestra esencia del ser y sentir Zio Bain”, me dice. “Hace parte de nuestra identidad, cultura y legado de nuestros mayores y mayoras. Es el fortalecimiento espiritual, la guía y el camino de nuestro pueblo”. "

Me cuenta que esta planta sagrada la ayudó a seguir una de sus motivaciones: capacitarse para apoyar a otras mujeres, en especial a las jóvenes y a las abuelas. Hoy, a sus 52 años, mi mamá es defensora de los derechos colectivos y territoriales, y se ha destacado por su liderazgo.

Para cuidar la chagra, quitamos la hierba de la base de las plantas de limoncillo. Mientras lo hacemos, ella recuerda que ha sido víctima de los daños que ha sufrido nuestro pueblo y que ha vivido situaciones difíciles, como la muerte de familiares y el desplazamiento forzado. 

“Siendo niña podíamos salir a donde queríamos”, recuerda: “a cazar, sembrar, cosechar. Todo eso era muy bonito hasta que entraron los grupos armados. Empezaron las matanzas, los desplazamientos. Murió mucha gente, entre ellos mi tío y mi compañero. Todo eso nos fue llenando el corazón de heridas y lágrimas. Uno sigue sufriendo con el tiempo. Son heridas que nunca sanan, pero también lo hacen a uno más resistente, para seguir luchando”.

En su juventud también fue promotora de salud. Me cuenta que visitaba veredas, atendía partos, enfermedades respiratorias y heridas por cortaduras y ataques armados. En ese entonces, era difícil que un médico llegara a la comunidad o que los pacientes viajaran al hospital municipal. Sin embargo, esa labor la expuso a amenazas que la obligaron a irse, impidiéndole vivir y trabajar en las comunidades.

Entre 1996 y 2019, el territorio Zio Bain vivió confrontaciones entre grupos armados ilegales y la Fuerza Pública, así como ocupación de lugares sagrados, presencia de minas antipersonal, asesinatos de líderes, desplazamientos forzados, confinamiento de las comunidades, amenazas a la guardia indígena, reclutamiento forzado de personas jóvenes y restricciones de movilidad. 

Estos hechos, que dejaron marcas profundas en la vida comunitaria, fueron documentados en el proceso de caracterización del daño realizado en 2019 por la Unidad para las Víctimas junto a las comunidades del Resguardo Gonzaya, Cabildo Mame Ñata Umuguse y Cabildo Jai Ziaya Bain en el proceso de reparación colectiva. 

Volver a la chagra para organizarse

Por un momento nos quedamos en silencio, como una forma de hacer memoria de lo ocurrido. Solo se escucha el canto de los pájaros, como el mochilero, y el movimiento de las hojas con el viento. 

Minutos después, sacamos semillas de yuca de un canasto y las sembramos juntas.

Y seguimos la conversación.

“Mirando todas las consecuencias y heridas, alguien tenía que salir para volver y decir: ‘tenemos que organizarnos’”, dice mi madre. “Me capacité en Ecuador y regresé para apoyar a niños, jóvenes y mujeres, especialmente a las abuelas, porque son ellas las principales cuidadoras de la vida”.

Las violencias las llevaron a organizarse y a crear una asociación para fortalecer la siembra tradicional y generar ingresos propios. Según dice mi madre, en 1998 iniciaron con el cultivo de limoncillo para preparar aromáticas, pero las aspersiones aéreas con glifosato afectaron las plantas y debilitaron la iniciativa. 

De acuerdo con la sentencia T-341 de 2022 de la Corte Constitucional de Colombia, las aspersiones realizadas entre 1995 y 2015, sin consulta previa a los pueblos indígenas, tuvieron graves consecuencias: afectaron la flora, la fauna y las chagras tradicionales. 

Además, de acuerdo con relatos de líderes de la comunidad, se generaron enfermedades en los cuerpos de las personas, desde afecciones en la piel hasta riesgos como el cáncer.

Pese a ello, dice mi madre, las mujeres nunca dejaron de regresar a sus siembras. “Ahí tenemos todo: la medicina, la comida, las plantas medicinales, los sitios sagrados. Por eso las conservamos. Ahí también están las plantas de las artesanías”.

Años después, volvieron a juntarse para sembrar caña y producir sus derivados: panela y miel. En 2019, relató mi madre, constituyeron legalmente la asociación Romicua Rotaye Zio Bain, que significa el Pensamiento de la Mujer Zio Bain.

“Se crea una asociación en el resguardo donde estaban mujeres y abuelas sabedoras. Empezaron las socias y, como soy hija de la abuela Gladys, quien me impulsó a este liderazgo, me afilié a la asociación”, precisa mi madre.

El territorio herido y la defensa de la vida 

Por las violencias y, posteriormente, la llegada de las petroleras, el tejido social en las comunidades se ha visto fragmentado. “Las mujeres tuvieron que sostener sus hogares y criar a sus hijos en un contexto de vulnerabilidad, marcado por la inseguridad, el confinamiento y, al mismo tiempo, por la contaminación ambiental y la presión de las empresas extractivas de petróleo”, agrega mi madre.

Me dice que los impactos y daños que han sido ambientales, sociales, espirituales y culturales, han debilitado los sistemas organizativos y autónomos de las comunidades.

“Hubo daños en la salud, porque se ha contaminado el agua y el medio ambiente. Ya no podemos tomar la medicina espiritual porque está contaminada. Eso hace que pierda fuerza. El aire también está contaminado, el plátano ya no crece como antes, unos se mueren y otros crecen”, relata.

Juntas recordamos un caso que se ha discutido en asambleas comunitarias: el interés de la empresa extractiva Amerisur en las tierras del resguardo. Entre 2013 y 2014, la empresa realizó la consulta previa con la intención de avanzar en la exploración y explotación del bloque petrolero PUT 12. Esto implicaría afectaciones directas a nuestro territorio ancestral desde los tres mundos que concebimos como mente (la espiritualidad, lo que no podemos ver fácilmente), corazón (la tierra en que habitamos) y vientre (los recursos naturales del subsuelo que se deben cuidar).

En una de las asambleas, mi abuela Gladys Payoguaje, con lágrimas en sus ojos, gritó: “Nuestros espíritus están llorando, están sufriendo, nos quieren acabar. Si la petrolera entra, nuestra vida va a cambiar para mal. Nuestras tierras no tienen precio: ahí está la farmacia, el supermercado, el hospital, no nos hace falta nada, ahí está la vida”.  "

Mi abuela dejó un mensaje claro a la comunidad sobre la importancia de vivir y cuidar nuestro Mai Yija.

Entonces, la comunidad decidió no permitir que la petrolera adelante exploraciones y explotaciones de hidrocarburos para evitar afectaciones ambientales y que se rompiera aún más el tejido comunitario, insistiendo en el respeto a nuestra autonomía y gobierno propio.

“Pero aun así la vida ha sido afectada”, relata mi madre, “porque las empresas están extrayendo la sangre de la tierra (el petróleo), contaminando los nacederos, lagunas, ríos, caños, salados, criaderos de animales y sitios sagrados mencionados por el difunto ahuëro Felinto Piaguaje. Además, se afectan los espacios sagrados de la medicina tradicional del yagé, interrumpidos por el ruido de las máquinas durante el día y la noche”. 

En esa región del Putumayo, desde 1960 se desarrollan actividades asociadas a la explotación de hidrocarburos. “Las empresas petroleras Texaco, Ecopetrol y Amerisur (ahora GeoPark) han ocasionado daños e impactos al ambiente, al territorio, a la comunidad y a las fuentes hídricas”, señala el mismo informe de caracterización del daño. 

Vivir de las semillas 

Ante todos estos impactos, los del conflicto armado y los del petróleo, la opción que tenemos las mujeres es volver a la chagra y fortalecer los procesos comunitarios. 

“Para seguir resistiendo, las mujeres nos hemos organizado y hemos estado capacitándonos”, insiste mi madre y me explica que “dentro de eso está la transformación de plantas con productos como gelatinas y galletas. Con eso queremos comer lo nuestro, comer lo propio, a partir de víveres y frutas que salen de nuestra tierra. También hacemos jabones, champú y aceites, que son productos naturales”.

En este proyecto, liderado por la asociación, participan abuelas, mujeres que siguen el proceso del cuidado de las semillas y jóvenes que han retornado a la comunidad luego de vivir varios años fuera por falta de oportunidades. Es el caso de Mildrey Paz Piaguaje, de 25 años, quien, como yo, hace parte de los cuiracua, cuidadores del territorio, también conocidos como guardia indígena. Actualmente, soy la coordinadora de ese grupo.

Mientras terminamos de sembrar, le comento a mi madre que Mildrey recuerda las orientaciones de su abuela Celida Ocoguaje, quien le enseñaba sobre la comida tradicional, el cultivo de la chagra y los cuidados que debía tener como mujer. También recuerda que su tía Celia Piaguaje la invitaba a las reuniones para que escuchara y aprendiera de estos espacios. 

Por ello, desde 2021, Mildrey apoya el proceso de las abuelas sabedoras y sus seguidoras en la iniciativa organizativa de capacitarse, continuar tejiendo las artesanías propias del pueblo Zio Bain y fortalecer el emprendimiento de las mujeres en la transformación de productos a base de plantas medicinales.

“La medicina tradicional y espiritual es el pilar fundamental del pueblo Zio Bain. Por ello, también es esencial para la protección y curación de las mujeres que ejercemos liderazgos desde la orientación de las ahuëras y ahuëros (abuelas y abuelos). Las mujeres nos identificamos con la chagra porque es un espacio que permite dar vida a través de la semilla, y por eso es importante su cuidado en todas sus fases”, son las palabras de Mildrey en una conversación.

Por las afectaciones del conflicto armado, a través del Auto 004 de 2009, la Corte Constitucional ha declarado que nuestro pueblo está en riesgo de exterminio físico y cultural. Este auto se relaciona con la sentencia T-025 de 2004, que visibilizó las violaciones a los derechos humanos hacia las mujeres indígenas.

En la compañía de plantas de cacao, palo cruz, cedro, caña, yoco y sangre drago, con mi madre conversamos que, pese a que existen políticas que reconocen a las mujeres indígenas como personas de especial protección constitucional y establecen rutas de atención, estas siguen siendo ineficientes porque no hay acción real en la vida de los pueblos. 

Evidencia de ello es el decreto 4633 de 2011 que, para el caso del pueblo Zio Bain, no se ha implementado de manera efectiva en la reparación con enfoque étnico, acorde al contexto social, cultural y territorial. Seguimos siendo las mismas comunidades quienes tejemos iniciativas propias.

“Por eso, el proceso político organizativo que estamos gestando las mujeres Zio Bain es el de visibilizar nuestras luchas, donde nuestros productos no solo hacen parte de un sistema de comercio, sino de una historia de existencia y resistencia, manteniendo el cuidado de la semilla desde la chagra para la pervivencia de la identidad cultural”, asegura mi madre. 

Si bien “hay algunas mujeres que ya no están en este mundo”, añade, “ellas dejaron su legado, sus sueños y aspiraciones sembradas. Por eso debemos seguir resistiendo y cuidando el territorio, que es el agua y la vida”. 

Volver al origen también es defender la vida

Mientras mirábamos lo que habíamos sembrado, le comenté a mi madre sobre mi experiencia en la COP30, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático realizada en noviembre de 2025. Allí, los Estados se reúnen para tomar decisiones, poniendo en discusión el uso de combustibles fósiles como una de las principales fuentes de daños e impactos. 

Esperábamos que los países asumieran responsabilidades con acciones reales que permitieran su mitigación. Aunque sabemos que es bastante difícil, porque implica cambiar todo un sistema económico global y no todos están dispuestos a hacerlo. 

Mi madre me escuchó y me dijo: “Tenemos que luchar, sufrir y pelear para seguir defendiendo lo nuestro: nuestra tierra y nuestro cuerpo. Nos quieren acabar, buscan formas de silenciarnos. Ahora todo el mundo tiene los ojos en la Amazonía y en nuestros líderes, por eso hay que cuidarnos, seguir preparándonos y unirnos cada vez más para continuar resistiendo. En este momento, Mai Yija pide paz, justicia y libertad”.

Le dije que, aunque hay delegaciones de pueblos originarios en estos espacios, nuestra participación sigue siendo limitada en los lugares donde se toman las decisiones que afectan directamente a nuestras comunidades. Por eso, estamos corriendo para visibilizar nuestras realidades y lograr que nuestras voces sean, al menos, escuchadas. 

“Se siguen mirando injusticias desde el cambio climático. Son los mismos de siempre quienes están negociando la vida”, alertó mi madre. 

Esto me reafirmó que las nuevas juventudes tenemos grandes retos y responsabilidades para seguir manteniendo nuestra existencia desde el legado y la orientación de nuestros mayores y mayoras, como lo ha hecho mi madre. Tenemos que continuar formándonos desde nuestra identidad cultural y, al mismo tiempo, fortalecer nuestras formas de gobernanza para seguir exigiendo nuestros derechos desde las mingas de pensamiento en comunidad.

Al terminar nuestro recorrido por la chagra, el llamado que nos hacemos, mi madre y yo, es volver al origen: respetar la palabra de nuestros ahuëros y ahuëras, compartir en comunidad, fortalecer el tejido social y tomar nuestra medicina del yagé para mantener la conexión con nuestros espíritus, respetando nuestro Mai Yija. 

Somos y seguiremos siendo Zio Bain. 

En la chagra está nuestra identidad. 

Ahí resistimos. 

La semilla es nuestro propio cuerpo, por eso la cuidamos y la cultivamos.

Nota. Este artículo hace parte de la serie de publicaciones resultado del programa Get Ready for the COP, ejecutado por DW Akademie y financiado por el Ministerio Federal de Cooperación Económica y Desarrollo de Alemania (BMZ). El contenido de la publicación es responsabilidad de su autora y no refleja las opiniones de DW Akademie.

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