Las comunidades localizadas sobre las márgenes de la Troncal 10, en el estado Bolívar, Venezuela, experimentan abruptos cambios cotidianos tras la proliferación de la minería legal e ilegal posterior a la puesta en práctica del plan extractivista Arco Minero del Orinoco. Ilustración Amayikok, indígena Pemón.

Venezuela

Los susurros de Amelia

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Jun 14, 2026 Compartir

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Al sur del Orinoco, en Venezuela, en donde la minería legal e ilegal atraviesan territorios indígenas, la salud también es un derecho devastado. Ni qué decir de la salud mental desatendida. Amelia, mujer indígena Pemón de 45 años, sobreviviente de una enfermedad cerebrovascular que sufrió a los 39, da testimonio del estrés crónico, el deterioro ambiental y la precariedad sanitaria que impactan a los miembros de las comunidades. 

Se toca el ojo y la mejilla, tensos, como halados por la seda de una araña. 

Me quedé dormida y al amanecer, sentí la cabeza pesada, como si se me fuera de lado. Yo hacía así —Se toca el rostro y deja caer la cabeza hacia el lado izquierdo—. Algo me pasó…mi cara, pensé. Cuando me vi en el espejo, me di cuenta: no estaba bien.

Tengo 45 años. Estoy casada hace 25 y mi esposo es menor que yo. Le llevo dos años. Los dos somos indígenas Pemón. Tengo tres hijos: de 25, 18 y 17.

Así se presenta Amelia Lima, al otro lado del mesón de madera, en casa de un familiar en la frontera con Brasil, en el municipio Gran Sabana del estado Bolívar, al sureste de Venezuela. Está de visita. Vive en la comunidad de San Antonio de Roscio, municipio Sifontes, a más de 280 kilómetros de distancia. El territorio de los Pemón, un pueblo indígena de origen caribe, se extiende sobre la triple frontera entre los países de Venezuela, Brasil y Guyana.

Desde que ocurrió el cambio en su salud narrado por Amelia, han pasado unos cinco o seis años. 

En las comunidades indígenas al sur del Orinoco, la esperanza de vida puede rondar los 40 años, muy por debajo del promedio nacional, según el informe de la organización no gubernamental Programa Venezolano de Educación-Acción en Derechos Humanos (Provea) a propósito de los diez años del Arco Minero, el plan extractivista lanzado por el Gobierno Nacional sobre más 111 mil kilómetros cuadrados, los territorios de una docena de pueblos indígenas. El difícil acceso, la falta de comunicación y el déficit de personal e insumos médicos levantan férreas barreras de acceso a la salud.

Mi esposo estaba trabajando en un molino minero por allá, entre el kilómetro 40 y 38. Ahí es por números. La mina se llamaba San Negra, susurra. Tuvimos problemitas porque él se había conseguido una noviecita. Yo estaba para la mina El Serrucho. Mi hermana vendiendo ropa. Yo, lámparas solares. Y mis hijos con mi otra hermana, ya grandecitos. Me iba bien.

Unos familiares me regalaron un materialcito (arena minera) y me lo llevé para la casa. Mi marido estaba ahí, pero estábamos con esa indiferencia. “¿Te ayudo en eso?”, preguntó. “Sí, vale”, le respondí. Lo lavó. “Mira ¿Y cómo está eso por El Serrucho?”. “¡Está bien!”, contesté. “Yo te acompaño”, dijo. A los dos días, fuimos".

 ***

Los mineros venezolanos y brasileños comenzaron a llegar al territorio Pemón a principios del siglo XX, a El Dorado y Tumeremo, en Sifontes, y a Santa Elena en Gran Sabana.  Pero, la mayoría de los indígenas vivía del conuco, el claro de bosque cultivado con especies comestibles, incluso hacia los noventa y primera década del siglo XXI, en la época dorada del turismo en el Parque Nacional Canaima.

“La minería no es cultura indígena porque nuestros antepasados nos decían que el precio de tocar eso es la muerte, enfermedad, daños sociales, prostitución, drogas, alcohol. Se tomaba kachirí, parakari, —fermentados de yuca— hechos como debe ser y no todos los días. La mina convirtió todo porque ya tienen dinero. Toman cerveza, cachaza. Los abuelos sabían que el mineral estaba ahí, pero no lo tocaban”, comenta Rodrigo Menque, 76 años, ex capitán General del Sector 6-Akurimö. "

En el siglo XXI todo cambió. La caída de los precios del petróleo en 2014, la crisis política, la corrupción en Petróleos de Venezuela (Pdvsa) y el alza de los precios del oro crearon la excusa perfecta para que Nicolás Maduro virara su atención al mineral.  Entre 2004 y 2016, la onza troy de oro subió de 409,2 dólares a 1.250,8 dólares. En 2016, se creó el megaproyecto Arco Minero del Orinoco. La promoción de la minería disparó las presiones sobre territorios y recursos en plena emergencia humanitaria. 

Aunque en principio el pueblo Pemón presionó para mantener la minería ilegal y a los grupos armados a raya (alejada de su territorio), tras el asalto militar del gobierno contra los indígenas Pemón en 2019 —conocido como la masacre de Kumarakapay—, sin turismo y con una economía marcada por el oro, muchos terminaron volcándose a la mina. 

Para febrero de 2026, según los cálculos de la lideresa Pemón Lisa Henrito, 112 de las 182 comunidades Pemón en Venezuela tenían actividad minera.

En el Sector 4-Kuyuní del pueblo Pemón, en donde vive Amelia, se han extendido las ocupaciones ilegales. La mayoría se iniciaron durante la pandemia en lo que ahora se conoce como “Los Kilómetros” a lo largo de la Troncal 10 —la carretera que conecta a Venezuela con Brasil— entre el Kilómetro 0, cerca de El Dorado y el Kilómetro 88, ambos dentro del municipio Sifontes del estado Bolívar.

Los Kilómetros son pueblos mineros —ventas de víveres, bares, peluquerías, compras ventas de oro, ventas de repuestos, ferreterías, restaurantes— que devoraron los bosques y sabanas. Nombrados de forma práctica como kilómetro 27 ó 33.

 ***

Nos fuimos mi hermana, él y yo. Llegamos al monte y vendimos la mercancía. En la noche, mi hermana vino con una toalla:  “Acompáñame para el baño, para la montaña”, me dijo. Llegamos al monte, apagamos la luz y fuimos al baño. “Cuando estés lista me avisas”, le dije. Cuando terminó, prendimos la linterna, pero había palos grandes caídos y muchas telarañas. No encontrábamos el camino. 

Cuando mi esposó llegó a buscarnos, me preguntó enseguida: “Mira, ¿Con quién estaban ustedes?”. “¿Tú no estás viendo que estábamos nosotras dos nada más?”, le dije. “No, ustedes andaban y que perdidas y estaban con unos tipos ahí”. “No ves cómo andamos las dos, con toallas”, le explicó mi hermana.  “No te creo, no te creo, y no te creo para nada”, simula la áspera voz del marido y hace una pausa.

Total, yo amanecí con ese dolor de cabeza y me dolía aquí. Se tapa los ojos.

Cuando llegamos a la casa, empecé a lavar ropa, agachada, a pleno sol y con ese trauma: “¿Por qué él se pone a pensar esas cosas? ¿Cómo no me va a creer?”. 

Al rato me dijo: “Mira acompáñame ahí, que hay un problema allá de una luz —hace una pausa— con los malandros —cuenta en voz baja— en El Dorado”. Porque a veces la comunidad indígena pide apoyo a la gente. “Ya va, déjame bañarme”, le dije. Sin descansar, sin enfriarme, me bañé y nos fuimos. El clima era frío, como ahora.

En la frontera, la lluvia (prevista para mayo) cae suave en abril sobre el techo de zinc.

Cuando llegué, me acosté, me dolía la cabeza. Me tomé un acetaminofén y me dormí. Al amanecer, me desperté con la cabeza pesada y la cara rara. 

La doctora de San Antonio me vio: “Te está dando un ACV (Accidente Cerebro Vascular)”, dijo. “¿Y qué es eso?”, pregunté. “Se te está durmiendo el cuerpo, saca la lengua”. La tenía doblada.  "

“Quédate quieta, tranquila”, me dijo, pero yo tenía una mercancía. A los dos días tenía que irme otra vez. “No puedes ir para la mina ahora”, me dijo. 

Después me fui a donde un abuelito —chamán o médico tradicional— que hace tarén (rezos y cantos en idioma pemón). Él me miró y me dijo: “A ti te pasó algo”. Y yo le respondí: “Me bañé sin enfriarme”. Preguntó: “¿Dónde estabas?”. “Estábamos en la mina”, le dije. Me pasó una velita y me explicó: “Cuando te perdiste en la montaña, el espíritu de un indígena salvaje te estaba llevando, se enamoró de ti”.

Por otro lado, la doctorita también inyectándome vitaminas y eso.

Le conté a ella lo que pasó. Me dijo: “Esos son los problemas que te afectan. No lo tomes a pecho”. Pero a mí nunca me ha gustado quedar mal, quiero que esa persona acepte la verdad para que mi cuerpo sienta que no le hice daño a nadie. Cierro mis ojos y pienso en eso. Cuando quiero comer frente a mi esposo no alcanzo la paz. 

Y lo de los brazos fue hace como un año, dice en referencia al dolor que siente en los hombros. Por eso es que estoy en muchos grupos (redes sociales), viendo que eso es artritis, artrosis. Según y que las venas de las articulaciones se están rompiendo.

 ***

El caso de Amelia pareciera no ser una extrañeza. 

La hipertensión, los accidentes cerebrovasculares (ACV), infartos cardíacos y paros respiratorios en adultos jóvenes se han hecho tan frecuentes como la malaria, las parasitosis o las anemias, según las observaciones de tres trabajadores de la salud de comunidades de Gran Sabana, entrevistados en diciembre de 2025, a manera de diagnóstico. Los tres mencionaron el estrés psicosocial, problemas familiares o preocupaciones intensas, como parte del día a día de los pacientes. 

“En las comunidades no hay acceso a la salud mental profesional, sólo el Consejo de Ancianos que reúne a los afectados para darles alguna orientación”, dijo uno de ellos, quien no puede revelar su nombre por seguridad. 

“Nos preocupan cosas que antes no nos preocupaban: una casa de bloques, un carro, la gasolina. Perdimos el norte: saber realmente qué es lo importante. Queremos que los hijos estudien, para eso necesitamos dinero, vamos a la mina, nos endeudamos para ir a la mina —para cubrir insumos y maquinaria—, quedamos cada vez más endeudados. Las personas comienzan a tomar para salir de la realidad. Es increíble, tenemos personas de 43 años que sufren de hipertensión”, comenta Lisa Henrito, lideresa indígena Pemón.

¿Qué historia cuenta este cuerpo?, sugiere preguntarse Edilaise Santos, tuxá, socióloga y antropóloga brasileña a quienes atienden pacientes indígenas en su podcast Saúde Indígena em Contexto Urbano. “Qué dice esa enfermedad de toda la dinámica histórica, del impacto del proceso colonizador y de la violación de derechos?”. “Violencias de derechos y cuerpos vienen afectando el buen vivir, la calidad de vida personal, social y cultural de los pueblos indígenas”. 

En Venezuela, el ACV es la cuarta causa de muerte y la tercera entre mujeres, según el último Anuario de Mortalidad disponible del Ministerio de Salud. En América Latina y el mundo representa la tercera causa de muerte y discapacidad, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud.

Los factores de riesgo asociados son múltiples: hipertensión, tabaquismo, alcohol, drogas, diabetes, colesterol alto, obesidad y sedentarismo, además de la falta de medicina preventiva, de acuerdo con la Sociedad Venezolana de Neurología

Tampoco se investiga mucho al respecto. Celibeth Guarín, del equipo de PsicoData, un proyecto que documenta la realidad psicosocial de los venezolanos liderado por la Escuela de Psicología de la Universidad Católica Andrés Bello, explicó que es caro y riesgoso hacer trabajo de campo en la zona, y además las comunidades suelen ser desconfiadas debido a las experiencias previas.

Las desigualdades, también, profundizan el riesgo. Una investigación de la Universidad de Monash, en Australia, encontró que poblaciones indígenas de siete países con alta esperanza de vida eran más propensas a sufrir ACV que las poblaciones no indígenas.

Pero, el impacto causado por el despojo parece ir más allá de lo cardiovascular. Una revisión sistemática publicada en 2023 en The Lancet Planetary Health analizó 29 investigaciones sobre pueblos indígenas afectados por minería, petróleo, represas y agricultura industrial, y encontró patrones comunes de estrés, ansiedad, depresión, duelo, desesperanza y trauma asociados con la pérdida de tierras y la contaminación.

La tierra funciona como un determinante central de salud para muchos pueblos indígenas, no solo por su valor económico, sino por ser fuente de identidad, espiritualidad, lengua, memoria, formas tradicionales de vida y relaciones comunitarias, explicaron. La revisión documentó aumentos en consumo de alcohol y drogas, violencia doméstica y fragmentación familiar en comunidades afectadas por desplazamientos forzados y economías extractivas. 

Incluso médicos indígenas Pemón van hacia las zonas mineras en donde las capitanías comunales o sectoriales pagan en gramos de oro, como ocurre en Urimán e Ikabarú, comunidades indígenas localizadas en el sur profundo de Venezuela. Uno de los entrevistados para el diagnóstico lo hizo porque el salario que se ganaba en Santa Elena de Uairén no le daba para sostener a la familia. La médica que atendió a Amelia Lima también se retiró por ese motivo.

***

Mi esposo trabaja últimamente independiente, con aparato (detector de metales). Se va hoy para allá, mañana por otro lado, así, buscando oro.

En los alrededores de San Antonio de Roscio y otras áreas mineras al detector se le conoce el pio pio, por el pitido que emite. 

Y yo, con lo de siempre: a veces cocino, aunque ya no quiero cocinar por mi enfermedad. Estoy tratando de vender ropa.

Ahorita mi comunidad está dependiendo de un señor que tiene máquinas mineras. La gente está beneficiándose ahí, agarrando colas —lo que bota la máquina—. Y del comercio. Pero eso no me ayuda mucho a mí y a mis hijas porque todo es fiado.  "

Los sindicatos están ahorita afuera, en una mina que se llama San Pollo. Eso sí está tomado por el sistema, dice en voz muy baja. Yo he ido para allá, baja la voz aún más. 

En donde nosotros estamos no están, gracias a Dios, porque el capitán —líder tradicional— no los deja, recupera la voz. No quiere ni conversar con ellos, pero igual ellos —los criminales— lo han llamado. Creo que es la única comunidad en contra.

En los Kilómetros todo eso es comercio. Más que todo, licor. El comercio lo han tomado los criollos: puras taguaras. Hay bastante prostitución. Y los chinos que están vendiendo comida. Pero todo ahí es en oro. Una señora como yo, necesita su punto de oro —el equivalente a 0.1 gramos— para comprar en las bodegas.

Yo quisiera salir de allá, de San Antonio. Estamos buscando en Santa Elena de Uairén, para alquilar, para mis padres. Mi papá está padeciendo de la próstata. 

Hace dos meses, tuve que sacar a mi papá de su casa en San Martín de Turumbán y estaba la alcabala del Ejército y como a 100 metros, la de los malandros.

Mi papá se iba en un carro y yo con los bolsos en moto, me pararon los soldados primero, pidieron los papeles de la moto, las cédulas y yo les dije: “Me van a disculpar, no ando paseando, estoy en emergencia”. “Ah bueno, dale doña”, dijeron. 

Después nos pararon los malandros, otra vez, baja la voz: “¿Hacia dónde se dirigen?”, preguntaron. Con esos K47 (AK47), algo así, en short, franela, la cara descubierta y en cholas. Los había visto en las montañas, en las minas, se meten ahí y cobran.

 “Voy para los Kilómetros, comunidad indígena”, les dije así.  Se me quedan mirando: “Y ¿Qué llevan ahí?”. “Ropa mía y de mi papá. Mi papá va adelante en un carro, de emergencia”. “Bueno, dale pues”. Menos mal. Me han dicho que te quitan todo.

Después, estuve casi 20 días en Puerto Ordaz (estado Bolívar, a 325 kilómetros de su comunidad) con mi papá: una semana en el Hospital Uyapar, durmiendo en el piso, pendiente de él.  Tuve muchos inconvenientes. Tenía que irme para atrás del hospital a buscar agua de un aljibe, y yo con los brazos así. Me puyan, me dan corriente.

***

En las minas a los costados de la Troncal 10, ante la fallida presencia institucional, el control es ejercido por los llamados sindicatos. A esto se le conoce como el sistema.

Hacia San Martín, la zona minera cercana al Esequibo, el Ejército de Liberación Nacional (ELN), guerrilla de origen colombiano, se propondría expandir las actividades criminales, arrebatándole a las mafias locales el control de la explotación ilegal del oro, según la organización InSight Crime. 

Las tensiones entre indígenas y actores estatales y grupos armados no estatales, —incluyendo a las guerrillas ELN y las disidencias de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC)— han ido en aumento debido al crecimiento de la minería ilegal en los estados Bolívar y Amazonas, impulsada por el mega proyecto Arco Minero del Orinoco”, indica Provea.

El relato de Amelia Lima sobre la salida de San Martín da testimonio de eso.

***

Se ha ido mucha gente (de San Martín) más que todo para Guyana, que queda cerca, una hora en avión. Pero para cruzar al otro lado queda como a 15 minutos, en lancha.  

Por la cercanía entre el territorio de los pemón en Venezuela, Brasil y Guyana ambos países se han convertido en destinos migratorios.  En Brasil se han contabilizado alrededor de 9.474 migrantes y refugiados indígenas venezolanos. Alrededor de 2.800 a 3.000 serían pemones. Salieron por la situación económica, la falta de comida, servicio médico y medicamentos, desempleo y violencia. El hijo mayor de Amelia estuvo en Guyana. Probó suerte con la música, quiere ser cantante, luego regresó.

***

Yo terminé mi sexto grado en San Martín de Turumbán.

La comunidad indígena que colinda con la Guayana Esequiba, el área en disputa entre Venezuela y Guyana, también habitada por el pueblo Pemón. 

Mi mamá pudo pagar mis estudios de bachillerato nada más un año. Cuando iba para octavo, no pudo más. Me tuvo ayudándola en el restaurante. 

Mi papá tomaba mucho, por eso mi mamá se había separado, pero él se fue detrás con su borrachera. Tenía mal carácter. Todavía le tengo miedo, balbucea.

Pero fue responsable. Venía borrachito con comida, jugueticos, nos llevaba al río. 

Yo era la mayor de las niñas. Éramos cuatro hermanitas y mi hermano, el mayor.

A mis 16 años, me fui a Puerto Ordaz. 

“Quiero estudiar”, fue lo primero que le dije a la señora que me ofreció trabajo. Pero papá de una vez dijo: “No, tiene que aprender las cosas de una casa.  No se la van a llevar y a dejarla en la calle”, imita la ruda voz del padre. La señora trabajaba en Ferrominera (Orinoco). Era arquitecta. Yo cuidaba a la bebé de seis meses.   "

Después de unos mesecitos, regresé donde mis padres, y entonces, ellos comenzaron a ir para la mina a vender pan y eso. Mi mamá hacía pan. Eso fue en 1996.

A los 17, fui a Caracas, a limpiar un apartamento quemado, las manos llenas de tizne. 

Después me fui para Margarita con una familia de Tumeremo. Duré como un año allá, cuando Chávez ganó (1998). Ellos eran unas grandes personas, estaban de acuerdo en que yo estudiara, me pagaban bien, íbamos los fines de semana a la playa. Fue uno de los mejores tiempos que disfruté y fue la última vez. 

El día del trabajador (1 de mayo) me subieron el sueldo, me fui para mi casa de vacaciones, le llevé un juego de ollas a mi mamá, un conjunto a mi hermano, a mis hermanitas ropa, zapatos, maleticas y les dije a mis padres: “Voy a estudiar allá”.

La lluvia arrecia, los pollos y los perros buscan abrigo dentro de la casa. 

Apareció el que después sería mi esposo. Llegó a visitar a su hermana. Y me quedé. Retrocediendo el tiempo a veces pienso: ¿Por qué no me fui? Hubiera estudiado.

Salí embarazada, y mi papá, que era muy estricto, nos casó. 

Sobre el techo de zinc, las gotas suenan como canicas.

Fueron 10 años muy difíciles: en donde mi suegra y casas ajenas, en San Antonio.

Y yo era una señora que lo mío era trabajar. Siempre fui de cocinar. Esa es una de las razones de esto. Muestra el dedo a medio izar por un hilo imperceptible. 

Ahora, tengo mi casa propia. La hicimos después de 10 años. Ahí mismo, en San Antonio. Pero, en esos tiempos, mi esposo era un señor de beber también. Hasta el sol de ahora, bebe. Teníamos problemas. Cosas del hogar, de pareja, muy agresivo. 

***

Peggy Vivas, psicóloga, trabajó con la Organización Internacional de las Migraciones (OIM) en el área de Salud Mental y Apoyo Psico Social del programa de Ayuda Humanitaria que comenzó en Santa Elena de Uairén y comunidades indígenas de Gran Sabana en 2019. 

Con frecuencia, atendió a mujeres que solicitaban ayuda para lidiar con el consumo de alcohol de los hijos o maridos. Algunas llegaban decididas a abandonar a las parejas por el maltrato verbal hacia ellas o físico hacia los hijos.

Pese a esto, las mujeres al sur de Venezuela son tan resilientes como en el resto del país (76%), comenta Guarín, investigadora de Psicodata y secretaria general de la Federación de Psicólogos de Venezuela, citando datos de  2024.  

Pero sobre ellas recaen con más fuerza diversas violencias: degradación ambiental, economías extractivas, escasez de recursos, disputas comunitarias y explotación. 

En Gran Sabana no había asistencia a personas con problemas de alcohol o drogas. En 2024, sin embargo, la Iglesia Católica abrió la Hacienda La Esperanza, en la comunidad de San Antonio del Morichal. De momento, atienden siete personas, un indígena Pemón y seis no indígenas que pasan por depresión, ansiedad y adicciones.

***

Mi estrés es más que todo cuando pienso en mi hijo porque yo quiero que él estudie. Siempre he querido apoyarlo, pero últimamente no he podido. Ya tiene cinco o seis años, —desde que salió del bachillerato— sin estudiar, se le va la voz. 

Mi hija de 17 no quiere estudiar y la otra tuvo una bebé y cree que el mundo se acabó. 

Me gustaría ir a un psicólogo y que mis hijos también tengan esa evaluación. 

Sobre todo el mayor y yo lo necesitamos, por lo que hemos vivido. Yo con mi papá y él con su papá. Entonces él —hace la señal de beber— está comenzando también. 

La atención psicológica gratuita más cercana al domicilio de Amelia está en Tumeremo, a 100 kilómetros de distancia o en Santa Elena, a 300 kilómetros. En Venezuela hay 0,22 psiquiatras por cada 100 mil habitantes, según la Asociación Venezolana de Psiquiatría. Al sur del Orinoco, asegura Guarín, hay menos especialistas en salud mental.

El nueve de junio de 2026 se produjo una intervención del Ejército venezolano en el Kilómetro 88 y Las Claritas, muy cerca de la comunidad de Amelia. El objetivo fue neutralizar a los líderes de las bandas armadas que controlan la minería ilegal, según reportaron medios de comunicación.  

Notas:

  • Las comunidades indígenas del sur venezolano se han convertido, en una década, en lugares de alto riesgo. Por eso, el nombre de la fuente fue cambiado.
  • Esta historia fue producida en alianza con la Red de Periodistas de la Amazonía Venezolana.
  • Agenda Propia apoya en la publicación de la historia.   

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