Parque eólico de la empresa Demex, ubicado en Unión Hidalgo, Oaxaca, en el Istmo de Tehuantepec.

Edilma Prada Céspedes.
México

Las defensoras del viento en el Istmo de Tehuantepec

Cocreadores

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Jun 23, 2026 Compartir

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Mujeres indígenas Zapotecas del sur de Oaxaca, en México, llevan dos décadas recuperando memorias y relatos para defender su territorio frente a proyectos eólicos que, denuncian, han transformado su paisaje vivo, afectado su relación de respeto con el viento y dañado el tejido comunitario.

“El viento me recuerda que habitamos una tierra viva”, dice Dell Alvarado, artista indígena de 35 años, mientras muestra la cartografía que hizo del paisaje de Unión Hidalgo, allí residen personas originarias del pueblo Binnizá o Zapoteca, en el Istmo de Tehuantepec, al sur de Oaxaca, México. 

Para Dell, el bi yoxho (viento en lengua diidxazá) no es un recurso que se vende. “Es un vínculo con mi tierra, una memoria que viaja, un derecho que no debería ser arrancado de nuestras manos. Debemos defenderlo, narrarlo y cuidarlo, para que siga siendo libre y no sólo energía cautiva”. 

En esta región, según las comunidades, el viento llega a presentar rachas de más de 200 kilómetros por hora. Es por eso que empresas extranjeras eligieron esta zona hace dos décadas para construir parques eólicos y producir energía. 

Dell ha convertido su casa en un pequeño taller donde pinta, dibuja y hace planos de las transformaciones que ha tenido el paisaje de Unión Hidalgo tras la construcción de enormes ventiladores instalados en el pueblo y en sus zonas rurales. Sus habitantes, cerca de 15 mil personas (censo poblacional de 2020, realizado por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía), ven que estos ventiladores se mueven y hacen ruido todo el día; por la noche prenden una luz roja que se distingue a gran distancia, como señal de alerta. 

Con sus cartografías, pretende evitar que se pierda la memoria paisajística de su territorio debido a la instalación de un parque eólico de propiedad de la transnacional Desarrollos Eólicos Mexicanos (Demex), de origen español. De acuerdo con las comunidades, en 2005 llegó la empresa al territorio e inició los procesos de acuerdos, contratos y construcción de las torres. El parque comenzó a operar en el 2011.

“Donde yo veo vida, ellos ven un recurso renovable. Han llegado empresas con sus molinos gigantes, diciendo que el viento es energía verde y que nuestro territorio es idóneo para aprovecharlo. Pero lo que es aprovechamiento muchas veces es despojo disfrazado de progreso”, asegura Dell. "

La artista recuerda que creció escuchando el sonido del viento, como si fuera un silbido, parte de la vida de quienes habitan en este lugar, como lo son la lengua, sus tradiciones o la comida. Para el pueblo Binnizá, el viento es vida. “Se le conoce como Bi, y también Bi es aliento, y es el aire que se respira; es uno de los cuatro elementos vitales”, explica el sabedor y cronista indígena Tomás Chiñas.

Mientras conversa, Dell alza la mirada y observa en el horizonte un cielo azul, como si quisiera honrar a los suyos, a su gente, a su descendencia: los Binnizá, que en castellano significa “gente de las nubes”. Dice que, cuando era niña, además del cielo azul, miraba árboles verdes sembrados en las zonas norte y oriente de su comunidad. Asegura que los derribaron cuando se construyó el parque eólico.

Ella recuerda que, cuando apenas tenía ocho años, el viento soplaba muy fuerte, incluso tiraba árboles. Muy parecido a un ser con mucha fuerza. “Si te parabas en medio de la calle, fácilmente el viento te movía de un lugar a otro, así como mueve las enaguas de las abuelas”. 

Tomás reconoce esa misma fuerza como parte de la vida cotidiana del Istmo. Caminar por las calles del pueblo, dice, “era un martirio”, porque el viento los movía de un lado al otro. Hasta ahora sigue siendo fuerte: impide caminar, arranca árboles y hasta voltea camiones de carga por la velocidad que genera, de hasta 200 kilómetros por hora. 

Pero ese viento huracanado también está tejido con la naturaleza. La vegetación endémica de la región resiste la fuerza de bi yoxho. 

“El maíz, a pesar de ser una planta delgada, aguanta los fuertes vientos, que lo doblan, pero no lo quiebran. Por otro lado, la brisa es un viento suave, refrescante, agradable, y se le denomina bi nisa. Se han hecho poesías y canciones sobre el bi nisa, como la suave brisa que viene a acariciar, de la tehuana, su dulce bienestar”, dice Tomás.

En sus dibujos, Dell también pinta los cultivos de milpa o maíz, el sorgo, las palmas y los frutales, que quedan pequeños ante las grandes antenas que se divisan a lo lejos. Del centro de Unión Hidalgo, a tan solo  quince minutos caminando, se observan en fila las antenas que giran y giran.

Además, recuerda que antes había pequeñas tiendas donde su madre y su abuela mercaban y platicaban en lengua propia. Así pasaban largas horas disfrutando del paisaje, de la gente y de las tortillas, plato típico de la región. Y, por supuesto, también había más tranquilidad. 

Ella cuestiona que las decisiones sobre la tierra parecen tomarse lejos de sus voces. “Ahora nos llaman territorio de recursos, no de personas; nos ven como un mapa de corrientes y no como un tejido de vidas”. 

En Unión Hidalgo, la empresa Demex, filial de Renovalia Energy, construyó las centrales eólicas Piedra Larga 1 y 2. En conjunto, agrupan 114 turbinas y tienen una capacidad instalada de 227,5 megavatios (MW), suficientes para abastecer de electricidad a 65 instalaciones de Grupo Bimbo, así como al Papalote Museo del Niño y a Grupo Calidra, según reseñan investigaciones académicas de la Universidad Autónoma Metropolitana de México.

Estas centrales se suman a las 28 que están operando en el llamado Corredor Eólico del Istmo de Tehuantepec, considerado el más grande de Latinoamérica, de acuerdo con el gobierno de Oaxaca. La expansión de la energía eólica, también avanza en otros territorios de América Latina, como Chile, Brasil y La Guajira colombiana, territorio del pueblo indígena Wayuu, según el Informe Global de Energía Eólica 2026 del Global Wind Energy Council (GWEC). 

La consulta previa, una lucha comunitaria

La lucha de Dell para que no se pierda la memoria del territorio se suma a la de Rosalva Fuentes Martínez y Guadalupe Ramírez Castellanos, dos mujeres Binnizá defensoras que, junto a sus comunidades, desde el momento en que empezaron a llegar estos proyectos, han exigido el derecho a la consulta previa. Ese derecho fue violado, primero, por la empresa española y, luego, por una francesa.

Rosalva y Guadalupe caminan entre flores y plantas en una calle, en la zona norte de Unión Hidalgo. Desde allí oyen cómo las hélices de un ventilador gigante giran muy cerca de ellas. 

Vestida con su enagua de algodón y huipil, una blusa colorida tejida con hilos de seda, Guadalupe cierra los ojos y le habla a Rosalva: 

—¿Escuchas? Es el viento. 

—¿Escuchas este otro sonido? 

—Es la torre eólica. La torre está con nosotros a escasos cinco metros desde hace trece años.

Ese sonido que Guadalupe distingue a pocos metros de su cuerpo resume una transformación mayor: el viento, que para el pueblo Binnizá es vida, memoria y aliento, fue convertido por las empresas en una fuente de generación eléctrica. Detrás de las torres que hoy forman parte del paisaje cotidiano de Unión Hidalgo hay contratos, permisos, megavatios y grandes consumidores de energía; pero, para las comunidades, también hay una historia de consulta previa incumplida y de decisiones tomadas sin escuchar a quienes habitan el territorio.

Para Rosalva y Guadalupe, las empresas llegaron a su territorio con la promesa de progreso; dicen que sólo fue para unas cuantas personas. Recuerdan que les prometieron obras de infraestructura social como pavimentación, apoyo al campo.

“Pero nada de eso hay. En lugar de desarrollo, sigue habiendo pobreza, se ha roto el tejido social y se ha generado daño ambiental. Ahora vemos más militares y pleitos de sucesión entre hermanos, padres y familiares que ya no se llevan”, asegura Rosalva. 

En Unión Hidalgo, más del 90% de la población vive en situación de pobreza. De ese porcentaje el 32.93% presenta condiciones de pobreza moderada, y el 12.3%, pobreza extrema. Además, el municipio registra un rezago social muy bajo y una escolaridad promedio superior a ocho años. Allí, también persisten retos importantes en ingresos económicos y acceso a servicios básicos de vivienda, de acuerdo con el Informe anual sobre la situación de pobreza 2025, del Gobierno de México.

“La comunidad ha luchado para que su territorio sea respetado”, afirma Guadalupe, quien por su defensa tiene medidas de protección de parte del Estado mexicano.

Guadalupe recordó que Unión Hidalgo, al ser un pueblo indígena, se rige por normas comunitarias y tiene derechos colectivos, como el derecho a la consulta previa, libre e informada, conforme a estándares internacionales como el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT).

El Centro de Información sobre Empresas y Derechos Humanos documentó que, en 2013, habitantes indígenas de Unión Hidalgo se organizaron contra el proyecto Piedra Larga, de la empresa Renovalia Energy, al denunciar la violación de su derecho a la consulta previa. Sin embargo, la empresa siguió operando con normalidad.

Fue hasta 2014 cuando la Comisión Reguladora de Energía estipuló como obligatoria la realización de consultas indígenas para nuevos megaproyectos.

Tres años después, en junio de 2017, el territorio de Unión Hidalgo entró en disputa con la llegada de Électricité de France (EDF) y su proyecto eólico Gunaa Sicarú. Este también violó la consulta previa, porque la misma Comisión Reguladora de Energía otorgó un permiso de 30 años a la empresa francesa sin consultar a los pobladores, lo que incentivó una división entre los habitantes. 

La central eólica Gunaa Sicarú contemplaba la instalación de 96 aerogeneradores, cada uno con una capacidad de 2,625 MW, para alcanzar una capacidad total de 252 MW, similar al parque eólico Demex, en un área de 4 mil 700 hectáreas de territorio.

En 2018, autoridades judiciales en México reconocieron la violación al consentimiento previo de Unión Hidalgo. Luego de varias acciones judiciales, en junio de 2022, la Comisión Federal de Electricidad canceló el contrato con EDF, lo que dejó sin efecto el proyecto eólico Gunaa Sicarú.

Desde 2011, los defensores y líderes de Unión Hidalgo han recibido medidas cautelares por su situación de riesgo ante los proyectos eólicos.

La siembra de cultivos y la seguridad cambió

La misma realidad del cambio del paisaje, división de las comunidades y abandono se vive en la ciudad de Juchitán, ubicada a 23 kilómetros de distancia de Unión Hidalgo, donde se han instalado los parques eólicos Bii Ioxho (2014), propiedad de Gas Fenosa (Nituygy), y Eólica del Sur (2019) de Mitsubishi Corporation

La socióloga y activista Binnizá Natalia Regalado asegura que, desde que se sembraron las turbinas, la comunidad modificó sus prácticas tradicionales de siembra, el territorio fue militarizado y creció la violencia. 

“Cuando era una niña yo tuve la libertad de jugar en la calle, y recorrer cuadras enteras del barrio donde vivían mis abuelos, del barrio donde estaba la casita de mis papás. Siempre sentí esa libertad. Incluso cuando era adolescente, podía caminar de mi casa al centro sin ninguna preocupación. Caía la noche y toda la gente estaba afuera en sus casas con sus sillitas, las vecinas, y ahorita eso ya no. Cada vez los terrenos se cierran y hay portones. Y esas veredas donde uno transitaba antes ya no existen”. 

También recuerda que, de pequeña, acompañaba a su mamá y admiraba los paisajes verdes, cubiertos de árboles, pero de repente se fueron perdiendo y pasaron a ser paisajes blancos, con la instalación de las torres ruidosas.

Además, comenta que también llegaron empresas de cadenas comerciales, lo que ha generado cambios en las formas de relación comunitaria del territorio. 

“El hecho de que ahora no sólo hay empresas eólicas, sino también se dan las condiciones para que existan otras empresas como Bodega Aurrerá, Walmart, Burger King, Soriana (dedicadas a la venta de artículos de primera necesidad y la comida rápida), va transformando el territorio. Muchas de esas industrias y empresas, aunque contratan a gente de acá, al final de cuentas tienen dueños que no tienen ninguna cercanía con la gente de acá”, narra. 

Esta situación también se dio en Unión Hidalgo. “Con la llegada del parque eólico vemos nuevas empresas que han desplazado o intentan desplazar a las tienditas. Ahora vemos estas tiendas de cadenas comerciales”, dijo Dell.

Ahora son chatarra 

A los problemas sociales y de memoria del territorio que narran las mujeres se suma otro inconveniente que empieza a preocupar a las comunidades: el abandono de estructuras, como los metales de las antenas, que podrían generar contaminación.

El activista ambiental Édgar Martín, mientras camina por campos y sembradíos de maíz, calabaza, sorgo y ajonjolí en Unión Hidalgo, observa una torre eólica tirada en el suelo, que obstruye el camino de campesinos y ganaderos de la zona. 

“Ves cómo Demex se está quedando en chatarra. Ahí hay una torre eólica tirada en el piso, lo cual es preocupante, pues qué harán con todo el material, que podría resultar, vuelvo a decir, chatarra. Quizá Demex está en bancarrota”, dice. 

Agrega que lo que un día fue presentado como progreso hoy parece desmoronarse: los ventiladores ya no operan con normalidad, el mantenimiento es irregular, los caminos muestran abandono y la vigilancia día y noche quedó atrás. 

De acuerdo con datos oficiales del Centro de Capacitación Eléctrica y Energías Alternas (CCEEA), la medida de la base de una torre eólica es variable, ya que depende del tipo y tamaño del aerogenerador. Sin embargo, una excavación para la cimentación de una torre eólica puede alcanzar los 21 metros de diámetro y tres metros de profundidad. 

“En las redes sociales y también en su página oficial han informado que requieren de mucha inversión. En Unión Hidalgo la empresa no ha informado nada, por lo que no se sabe el rumbo que tomará Demex, porque ya no le ha dado mantenimiento a sus torres. A simple vista se observa derramamiento de aceite, torres que ya no funcionan, obsolescencia y falta de mantenimiento”, asegura Édgar.

Otro caso ocurre en el pueblo de La Ventosa, Oaxaca. La empresa EDF detuvo las operaciones de su central eólica. La revista Expansión, en marzo de 2025 informó que la empresa española Iberdrola difundió públicamente que vendió sus acciones sin explicación alguna. Al respecto, los propietarios y arrendatarios de las localidades de La Ventosa y Santo Domingo Ingenio dijeron que no sabían qué iba a pasar con sus contratos.

A Natalia le preocupan los impactos ambientales que pueda generar el abandono de estas torres. “Ahorita lo que estamos viviendo es cómo muchas empresas se están dejando ahí como abandonadas. Entonces, creo que también algo que pasó es que nos vendieron esto como una energía moderna, nueva, y dicen que es una energía verde, pero en realidad no lo es”.

Además, reflexiona: “Quizá tan sólo al construir una de esas máquinas se gastó una cantidad enorme de agua, una cantidad enorme de ciertos elementos, para el uso que se le da. O sea, ni es sustentable, y sí genera contaminación, porque una vez que una de esas cosas no sirve, ya no es posible que vuelva a funcionar”. 

Tejer esperanza

Dell, Guadalupe, Rosalva y Natalia saben que es importante seguir tejiendo esperanza a través de la resistencia. También consideran necesario continuar elevando sus voces en el cuidado del territorio, como lo han hecho al mantener el legado de la cocina comunitaria, su idioma y otras tradiciones que permanecen vivas en el Istmo de Tehuantepec.

Dell refiere que por eso pinta, porque el trabajo que realiza, en cualquier taller que imparte, incluye cómo ha cambiado el paisaje. “A mí me da tristeza no sólo por las nuevas generaciones, y no porque yo siento que cada vez tenemos menos libertades, sino porque la libertad es un derecho universal, el que tú puedas salir, andar”. 

Guadalupe y Rosalva reconocen “que el viento es vida, es fuerza, y es como la palabra, como el diidxazá, que nombra el territorio y nos otorga identidad”.

Natalia dice que es urgente que las mujeres fortalezcan procesos de tejido comunitario para que sus memorias sigan vivas y el conocimiento se comparta con niñas, niños y jóvenes. “La palabra se vuelve poderosa porque se trata de concientizar, de mover la palabra”, asegura.

Las mujeres, además, comentan que una forma de seguir resistiendo ha sido unirse, vincularse y luchar con organizaciones locales que, como ellas, defienden el territorio. Entre las que están la Asamblea de Pueblos Indígenas en Defensa de la Tierra y el Territorio, la Unión de Comunidades Indígenas de la Zona Norte del Istmo (Ucizoni) y colectivos como Código DH y ProDesc, entre otros. 

Las mujeres Binnizá se caracterizan por defender a los suyos, a sus familias. Para las mujeres de esta historia, luchar es un modo de vida, y aseguran que lo seguirán haciendo para que las nuevas generaciones conozcan las memorias de su territorio ancestral.

Agenda Propia consultó a Demex, a través de su página web, sobre las preocupaciones de las comunidades registradas en esta historia. A la fecha de la publicación, la empresa no respondió a la solicitud de información.  

Nota. Esta historia fue cocreada por los medios independientes Istmo Press (México) y Agenda Propia (Colombia). 

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