Bogotá: donde confluye el universo indígena

Bogotá: donde confluye el universo indígena

23 de Mayo de 2018

Más de 37 mil indígenas transitan a diario por las calles de la principal ciudad del país. Misak, Nasa, Pijao, Embera y Muiscas son algunos de los pueblos más numerosos en el Distrito Capital. 

En la cxhab wala (gran ciudad), como la llaman los Nasa, los indígenas colombianos trabajan, estudian, hacen rituales, nombran sus autoridades y se organizan para fortalecer sus tradiciones y para reclamar sus derechos. 

Han logrado que la administración de la ciudad establezca una política pública para la población indígena, reconozca la existencia de 14 cabildos y financie el funcionamiento de la Casa de Pensamiento Indígena, un espacio donde se gesta el fortalecimiento de sus saberes ancestrales. 

También existe un cabildo indígena universitario. Sus integrantes caminan en dos mundos: se apegan a sus tradiciones, pero se conectan a través de Internet y usan las redes sociales para promover sus actividades. 

Los indígenas más visibles son los Embera. Permanecen en los alrededores del Museo del Oro y en la tradicional carrera séptima. Allí venden sus collares de diseños y colores alucinantes y les piden dinero a los peatones. Viven en condiciones difíciles mientras sueñan con un regreso improbable a sus territorios. 

Otros indígenas lograron acomodarse a las exigencias de la urbe y escalaron en el complejo entramado de esta metrópoli de ocho millones de habitantes. Una joven arhuaca de la Sierra Nevada de Santa Marta, por ejemplo, llegó hace algunos años al concejo de Bogotá. Otra mujer de la misma etnia es magistrada de la Justicia Especial de Paz. Existen, además, decenas de profesionales de distintas áreas que trabajan como consultores y empleados públicos. La mayoría, sin embargo, tiene empleos de obrero raso o en el comercio informal.  

Bogotá, además, alberga a los descendientes de los Muiscas o Chibchas, quienes poblaban una amplia región de Cundinamarca y Boyacá a la llegada de los conquistadores españoles. En esta Bogotá mestiza (Bakata para los Muiscas) sobreviven nombres como Usaquén, Teusaquillo, Usme, Engativá y Fontibón; además de docenas de apellidos que resistieron a la espada y el mestizaje. 

Por esa razón, aunque extraños en esta caótica urbe del siglo XXI, los indígenas que viven en Bogotá saben que estas tierras les pertenecieron a los Muiscas y que el espíritu de los zipas que aquí gobernaron se mantendrá vivo mientras conserven el camino del conocimiento propio.

Una joven Embera carga a su pequeño hijo en una de las habitaciones donde duermen otras 15 personas.

Una joven Embera carga a su pequeño hijo en una de las habitaciones donde duermen otras 15 personas.

Los cuartos donde se hacinan los Emberas se encuentran en malas condiciones.

Los cuartos donde se hacinan los Emberas se encuentran en malas condiciones.

Unos 730 indígenas Embera, incluidos más de 300 niños, viven en los pagadiarios de Bogotá. 

Unos 730 indígenas Embera, incluidos más de 300 niños, viven en los pagadiarios de Bogotá. 

Las casas donde funcionan los pagadiarios son oscuras y presentan averías en espacios comunes como escaleras y cocinas.

Las casas donde funcionan los pagadiarios son oscuras y presentan averías en espacios comunes como escaleras y cocinas.

En medio de la tristeza y la desesperanza, las madres Embera protegen a sus hijos del frío bogotano. 

En medio de la tristeza y la desesperanza, las madres Embera protegen a sus hijos del frío bogotano. 

Los jóvenes permanecen en los pagadiarios sin ocuparse. Conseguir trabajo en Bogotá les resulta difícil porque no tienen estudio y hablan poco español. 

Los jóvenes permanecen en los pagadiarios sin ocuparse. Conseguir trabajo en Bogotá les resulta difícil porque no tienen estudio y hablan poco español. 

Una taza de café negro es, a veces, la única bebida del día. Al fondo las mujeres cosen sus vestidos.

Una taza de café negro es, a veces, la única bebida del día. Al fondo las mujeres cosen sus vestidos.

En las habitaciones no hay camas ni sillas. Las mujeres cuidan a sus niños en el piso. 

En las habitaciones no hay camas ni sillas. Las mujeres cuidan a sus niños en el piso. 

La ropa de niños y adultos, a veces mojada, cuelga en las paredes de los cuartos. En los patios de los  pagadiarios no hay espacio suficiente para secar las prendas. 

La ropa de niños y adultos, a veces mojada, cuelga en las paredes de los cuartos. En los patios de los  pagadiarios no hay espacio suficiente para secar las prendas. 

Algunos jóvenes consiguen teléfonos celulares usados para jugar, otros tejen. Ellos aseguran que es difícil tener trabajos estables en la ciudad. 

Algunos jóvenes consiguen teléfonos celulares usados para jugar, otros tejen. Ellos aseguran que es difícil tener trabajos estables en la ciudad. 

Aquí, la mayoría de indígenas no tiene cobijas ni colchones. Los hombres duermen y descansan en el piso.

Aquí, la mayoría de indígenas no tiene cobijas ni colchones. Los hombres duermen y descansan en el piso.

Los Embera no usan muebles en sus malokas y mantienen esa costumbre en la ciudad, a pesar de las condiciones de insalubridad. 

Los Embera no usan muebles en sus malokas y mantienen esa costumbre en la ciudad, a pesar de las condiciones de insalubridad. 

Los ancianos y niños son los más afectados por las difíciles condiciones en las que viven los Embera. En ocasiones, consumen una única comida durante el día.

Los ancianos y niños son los más afectados por las difíciles condiciones en las que viven los Embera. En ocasiones, consumen una única comida durante el día.

Plátano con agua es uno de los alimentos básicos que consumen los Embera en Bogotá. 

Plátano con agua es uno de los alimentos básicos que consumen los Embera en Bogotá. 

Una lata de cerveza y un par de ladrillos son suficientes para improvisar un fogón.

Una lata de cerveza y un par de ladrillos son suficientes para improvisar un fogón.

El afiche de la Policía, con un mensaje para evitar el abuso infantil, pasa inadvertido entre los Embera que habitan en este pagadiario. 

El afiche de la Policía, con un mensaje para evitar el abuso infantil, pasa inadvertido entre los Embera que habitan en este pagadiario. 

En la ciudad, la mujer Embera ayuda a pagar el arriendo del pagadiario gracias a la venta de artesanías o a la mendicidad.

En la ciudad, la mujer Embera ayuda a pagar el arriendo del pagadiario gracias a la venta de artesanías o a la mendicidad.

Dos rostros del fenómeno

Lucía Teresa Morillo es una indígena kankuama del municipio de Atánquez, en el departamento del Cesar. Llegó sola a Bogotá en el 2007, cuando tenía 16 años. Su mayor ilusión era estudiar Derecho en la Universidad Nacional, la principal universidad pública de Colombia. 

Al principio vivió en casas de amigos kankuamos, la mayoría de ellos desplazados por la violencia. Habitó en sectores deprimidos de la capital, como el barrio Las Cruces o la localidad de Ciudad Bolívar. “Los primeros semestres fueron muy difíciles porque extrañaba a mi familia, y además no tenía dinero para los pasajes o la alimentación diaria. Estuve a punto de devolverme muchas veces, pero mis papás me decían ‘estudia y sé alguien’”, recuerda esta abogada de 27 de años, quien tiene una hija de 9 que nació cuando hacía el tercer semestre de su pregrado.

Hoy dice que todos los esfuerzos que realizó valieron la pena. Terminó su carrera de derecho en la Nacional y luego hizo un posgrado en esa misma institución. Desde hace tres años trabaja en el colectivo de abogadas indígenas Akubadaura y vive en Ciudad Bolívar con su hija, una sobrina y su perro.

Lucía es una de las cerca de 37 mil personas indígenas que residen en el distrito capital, y que han migrado por dos razones principales: buscar oportunidades para estudiar y trabajar, y huir del conflicto armado. 

Un caso que ejemplifica lo anterior es Luis Hernando Pechené, gobernador del Cabildo Nasa en Bogotá, víctima del desplazamiento por el conflicto armado. “Mis papás, quienes eran dirigentes, recibieron amenazas por parte de grupos armados. En Inzá, Cauca, de donde vengo, la guerrilla se entraba al municipio los fines de semana, en los días de mercado. Eso empezó a complicarse, hubo muertos, entonces tocó salir y buscar otros medios de pervivencia”, afirma. 

Casi el 90 por ciento de las 573 familias Nasa que viven en la capital han sido desplazadas por el conflicto en el Cauca, una región montañosa del suroccidente del país. En zonas como Cauca, Tolima y Caquetá tuvieron mayor presencia las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (Farc).

“Todos los días llegan indígenas, no solamente Nasa, sino de diferentes pueblos acá a Bogotá y a otras ciudades como Medellín, Cali y Pereira”, dice Pechené, quien porta un bastón de madera, símbolo de su rango, con cintas de colores en las que sobresalen las verdes (por la naturaleza) y las rojas (por la sangre de los indígenas asesinados en sus regiones en las luchas por la tierra). 

El líder expresa que a pesar de la firma del acuerdo de paz entre Gobierno y las Farc aún no existen las garantías para el retorno de las comunidades. “La garantía que el nasa pide es la directa administración de nuestros propios territorios como autoridades que somos y los resguardos por ser parte de nuestras autoridades territoriales”, señala. 

Las cifras del éxodo

En Bogotá nadie sabe con exactitud cuántos indígenas llegaron a la ciudad en los últimos tres años. Los datos más recientes son del 2014 y corresponden a una encuesta multipropósito realizada por la Secretaría de Planeación del Distrito Capital. 

Según el estudio, hasta ese año habitaban en Bogotá 37.266 indígenas (18.713 hombres y 18.553 mujeres) provenientes de selvas, llanos, montañas y del desierto de La Guajira. 

La etnia con mayor presencia en la urbe es la Pijao, originaria del Tolima, un departamento cercano a Bogotá y marcado por el conflicto armado, seguida por la Kichwa, integrada por diversas comunidades de Bajo Putumayo y del país Ecuador, y la Wayúu, de La Guajira, en el extremo norte del país.  

En la capital hay una presencia masiva de Nasa, Misak y Yanacona del Cauca, una zona caracterizada históricamente por la guerra entre el ejército, organizaciones paramilitares y grupos insurgentes, minería ilegal, cultivos ilícitos y luchas por la tierra. 

Otros pueblos que tienen una presencia significativa en Bogotá son los Kankuamos y Arhuacos (Cesar), Embera (Risaralda), Zenú (Córdoba), Pasto (Nariño) e Inga, Kamëntsá, Uitoto y Kofán (Putumayo). Además, algunas familias indígenas provenientes del Amazonas, Meta, Casanare, Vaupés y la Costa Pacífica, entre otros. 

En la capital también hay comunidades del pueblo Muisca, descendientes de los habitantes prehispánicos de lo que hoy es Cundinamarca, Boyacá y Bogotá. En la última década, los cabildos muiscas de las localidades de Suba y Bosa han tratado de recuperar una pequeña porción de la tierra de sus ancestros en la ciudad y sus alrededores.

“Sus reclamos para consolidar un resguardo son particularmente difíciles debido a los altos costos de la tierra en un contexto de gran ampliación urbana”, señala Diana Bocarejo Suescún, profesora de la Universidad del Rosario, autora de la investigación “Tipologías y topologías indígenas en multiculturalismo colombiano”. 

La mayor parte de los indígenas llegan a Bogotá en condiciones difíciles. Una gran parte de ellos se hacinan en inquilinatos y casas donde habitan hasta diez o más familias. Según la Alcaldía Distrital, las localidades con mayor presencia de indígenas son Bosa, Kennedy, Suba, Engativá, Usme, Ciudad Bolívar. Les siguen Los Mártires, Rafael Uribe, Teusaquillo y Tunjuelito. 

En estos sectores, la mayoría ubicados en el sur de la ciudad, los indígenas pagan arriendos acordes con los salarios que ganan en actividades como el servicio doméstico, el comercio informal, la construcción y vigilancia. 

Existen localidades como Fontibón, por ejemplo, donde ya es común ver por sus calles el típico traje azul de los Misak, uno de los pueblos más organizados en el cultivo y mercadeo de productos agrícolas en sus territorios. Los Misak escogieron Fontibón debido a la cercanía con los cultivos de flores de exportación en los municipios cercanos, donde su trabajo es apreciado.

Qué hacen los indígenas en Bogotá

En Bogotá, los indígenas tienen diversos oficios y profesiones. Algunos de ellos adaptaron su conocimiento ancestral, por ejemplo el cuidado de la naturaleza, al contexto urbano. Una gran mayoría de hombres se desempeña en obras, en vigilancia y en construcciones.

Otras personas han estudiado carreras como administración de empresas, pedagogía y derecho, que ejercen con un enfoque étnico, para el comercio de productos propios y la defensa de sus comunidades. La siguiente es una pequeña muestra de los trabajos que realizan en la ciudad.

 

Ati Quigua

Arhuaca Política y activista ambiental.  

Estudió Administración Pública. Primera indígena en ser elegida al Concejo de Bogotá. Gestora de la política pública para los indígenas del Distrito Capital. Ha sido docente de la Universidad del Rosario y fue candidata al Senado 2018. 

Ati Quigua

Arhuaca Política y activista ambiental.  

Estudió Administración Pública. Primera indígena en ser elegida al Concejo de Bogotá. Gestora de la política pública para los indígenas del Distrito Capital. Ha sido docente de la Universidad del Rosario y fue candidata al Senado 2018. 

Sandra Milena Quilqüe

Comerciante

Trabaja como vendedora en un local de productos tradicionales Nasa. Los domingos juega microfútbol y asiste a la iglesia Misión Carismática Internacional. 

Sandra Milena Quilqüe

Comerciante

Trabaja como vendedora en un local de productos tradicionales Nasa. Los domingos juega microfútbol y asiste a la iglesia Misión Carismática Internacional. 

Lucía Teresa Morillo Martínez

Kankuama Abogada Especializada en Derecho Constitucional.

Trabaja en el colectivo de abogadas Akubadaura en temas de restitución étnica, derechos territoriales y fortalecimiento de comunidades indígenas. 

Lucía Teresa Morillo Martínez

Kankuama Abogada Especializada en Derecho Constitucional.

Trabaja en el colectivo de abogadas Akubadaura en temas de restitución étnica, derechos territoriales y fortalecimiento de comunidades indígenas. 

Gabriel Muyuy Jacanamejoy

Inga Filósofo De Sibundoy (Putumayo).

Tiene una maestría en gobierno y política pública. Fue Senador de la República durante dos periodos. Ha sido consultor de agencias de la ONU y de organizaciones internacionales en temas de derechos de los pueblos étnicos. 

Gabriel Muyuy Jacanamejoy

Inga Filósofo De Sibundoy (Putumayo).

Tiene una maestría en gobierno y política pública. Fue Senador de la República durante dos periodos. Ha sido consultor de agencias de la ONU y de organizaciones internacionales en temas de derechos de los pueblos étnicos. 

Reinel Paya

Nasa Empresario

Tiene 31 años. Creció en el resguardo de Gaitania, Tolima. Estudió Administración de Empresas. Hace tres años es propietario de una veterinaria en el sur de la ciudad. 

Reinel Paya

Nasa Empresario

Tiene 31 años. Creció en el resguardo de Gaitania, Tolima. Estudió Administración de Empresas. Hace tres años es propietario de una veterinaria en el sur de la ciudad. 

Yeiver Montano Vivas

Nasa Guardia de seguridad  

Nació en Belalcázar, Páez (Cauca). A los 11 años llegó a Bogotá con su mamá, trabaja como guardia de seguridad en un hospital. Vive en el suroriente con su pareja, su mamá, una hermana y dos sobrinas.

Yeiver Montano Vivas

Nasa Guardia de seguridad  

Nació en Belalcázar, Páez (Cauca). A los 11 años llegó a Bogotá con su mamá, trabaja como guardia de seguridad en un hospital. Vive en el suroriente con su pareja, su mamá, una hermana y dos sobrinas.

Luis Antonio Piranga Valencia

Coreguaje Obrero  

Fue desplazado hace 12 años de Solano, Caquetá, luego de una masacre en la que asesinaron a su papá, un hermano, un tío y su cuñado. Tiene 39 años y trabaja en construcción. Vive con su esposa y cinco hijos en San Cristóbal sur, donde habitan otras diez familias coreguajes.

Luis Antonio Piranga Valencia

Coreguaje Obrero  

Fue desplazado hace 12 años de Solano, Caquetá, luego de una masacre en la que asesinaron a su papá, un hermano, un tío y su cuñado. Tiene 39 años y trabaja en construcción. Vive con su esposa y cinco hijos en San Cristóbal sur, donde habitan otras diez familias coreguajes.

Sandra Viviana Suárez

Muisca Licenciada en etnoeducación  

Es del reguardo Muisca de Chía, Cundinamarca, donde viven unas 300 familias indígenas. Trabaja en la ONIC, donde apoya la estrategia de socialización y pedagogía con las comunidades indígenas de todo el país. 

Sandra Viviana Suárez

Muisca Licenciada en etnoeducación  

Es del reguardo Muisca de Chía, Cundinamarca, donde viven unas 300 familias indígenas. Trabaja en la ONIC, donde apoya la estrategia de socialización y pedagogía con las comunidades indígenas de todo el país. 

María Antonia Muelas

Misak Operaria del Jardín Botánico  

Es de Silvia, Cauca. Llegó a Bogotá en busca de empleo. Hace nueve años trabaja con el Jardín Botánico en el cuidado de árboles. Vive con sus dos hijas, de 20 y 18 años. 

María Antonia Muelas

Misak Operaria del Jardín Botánico  

Es de Silvia, Cauca. Llegó a Bogotá en busca de empleo. Hace nueve años trabaja con el Jardín Botánico en el cuidado de árboles. Vive con sus dos hijas, de 20 y 18 años. 

Tres décadas de lucha

El 5 de febrero de 1991 fue un día histórico para el movimiento indígena colombiano. Dos de sus líderes se posesionaron como miembros de la Asamblea Nacional Constituyente que, a finales de ese mismo año, promulgó la nueva Carta Política del país. 

La nueva Constitución reconoció que Colombia es un país multiétnico y pluricultural. Además, familiarizó a los colombianos con el papel de los indígenas como actores sociales y políticos, una condición que se ratificó con los años, cuando se consolidaron en concejos municipales, asambleas departamentales y en el Congreso de la República. Algunos resultaron elegidos como alcaldes municipales e, incluso, uno de ellos ganó las elecciones para gobernador del departamento del Cauca, donde predomina la población afro, indígena y mestiza. 

De a poco, los indígenas fueron ganando espacios en algunas de las principales ciudades del país, incluida la capital. Una muestra de esa dinámica se dio en 1993 con la proclamación, por parte del pueblo Inga, del primer cabildo indígena de Bogotá. Aunque esta organización no estaba reconocida por la administración de la ciudad, les permitió a los Ingas, provenientes del Putumayo, mantener un sistema de autoridad similar al que funciona en su territorio y fortalecer sus prácticas medicinales a través del yagé y de otras plantas amazónicas. 

En esa misma década, comunidades de arraigo campesino de Bosa y Suba, dos localidades de los suburbios de Bogotá, reclamaron ante la administración de la ciudad su condición de descendientes de los indígenas Muiscas o Chibchas, quienes poblaban la región cundiboyacense a la llegada de los conquistadores españoles. La tropa de Gonzalo Jiménez de Quesada sometió por las armas a los indígenas, quienes fueron convertidos por la fuerza a la religión católica. Casi cinco siglos después, en el 2005, los descendientes de este pueblo lograron ser reconocidos mediante la creación de los cabildos de Bosa y Suba. 

Ese mismo año, los Ambiká Pijao, Inga y Kichwa también lograron el reconocimiento de sus cabildos por parte de la Alcaldía de Bogotá. Luis Eduardo Garzón, alcalde de la capital entre 2004 y 2007 y miembro del movimiento de izquierda Polo Democrático Alternativo, incluyó a los pueblos indígenas en sus políticas de gobierno y apoyó un plan para buscar reconocimiento y visibilidad de los grupos étnicos en la ciudad. 

En una foto de marzo del 2005 se ve al alcalde Garzón tomando la tradicional chicha de maíz, durante la posesión de los cabildos de Bogotá. Es su mano izquierda empuña un bastón, símbolo de la autoridad indígena, y a su lado aparecen algunos nativos con trajes ceremoniales. 

Este proceso de reconocimiento, por parte de la Alcaldía de Bogotá, se consolidó en el 2011 con un decreto que establece la Política pública para los indígenas que habitan en el Distrito Capital. Este documento plantea los caminos para que la Administración Distrital fomente la diversidad política y cultural, y además, mejore las condiciones de vida de las comunidades indígenas. 

Hoy, luego de varios años de diálogos, existen en Bogotá 14 cabildos con reconocimiento (Muisca Suba, Muisca Bosa, Kichwa, Inga, Pijao, Uitoto, Yanacona, Nasa, Pastos, Misak, Eperara, Tubú, Wuonnan y Camentsá). Además, otros pueblos avanzan en un proceso similar para lograr su reconocimiento. Entre estos se encuentran los Kankuamos, Kubeos, Corewajes y Emberas. 

Un espacio de resistencia en mitad de la urbe

La vivienda, que no tiene aviso en su entrada, pasa inadvertida para quienes transitan entre la zona histórica y el bullicioso sector comercial de San Victorino, en medio de tiendas de artículos para miembros de las fuerzas armadas y del Museo de la Policía. 

En esta casona de amplios patios y numerosos cuartos, dotada de cocina y una batería de baños, funciona la Casa de Pensamiento Indígena. Aquí se imparten talleres de tejido, danza e instrumentos musicales. También se realizan jornadas para enseñar sus idiomas ancestrales, su cosmovisión y sus tradiciones. En ocasiones, se organizan jornadas informativas con entidades de los gobiernos distrital y nacional, como el Icetex, para brindar información sobre el acceso a la educación universitaria para la población indígena.

Es aquí donde los 14 cabildos reconocidos por el Distrito tienen sus oficinas, se reúnen para definir acciones políticas, atienden las necesidades de sus comunidades y resuelven conflictos internos. Cada uno organiza también las asambleas, espacios máximos de decisión, y donde, cada año, se elige a su gobernador.

Paulina Majin, coordinadora de la Casa de Pensamiento Indígena y exgobernadora del Cabildo Yanacona, recuerda que antes del 2015 a los gobernadores les tocaba reunirse en el chorro de Quevedo, el parque de los Periodistas o en la Biblioteca Luis Ángel Arango. “De la biblioteca nos sacaban porque hablábamos muy duro”, dice hoy entre risas.

Luego de tocar muchas puertas, los gobernadores de los cabildos lograron que la Secretaría de Gobierno Distrital destinara recursos para arrendar un predio en la ciudad. A pesar de que el arriendo lo paga la Administración de la Ciudad, La casa de pensamiento indígena es un espacio autónomo en cumplimiento de sus derechos, como el de gobernarse bajo sus tradiciones. 

Así, el 24 de noviembre de 2015, se inauguró la casa con un ritual de armonización en el que estuvieron presentes los 14 gobernadores, las comunidades indígenas de la ciudad, funcionarios del Distrito y el entonces alcalde, Gustavo Petro. “Esta casa es un espacio para organizar las luchas de resistencia democrática en defensa de la naturaleza y de la vida en la ciudad”, dijo el mandatario durante la inauguración. En los dos últimos años, la Alcaldía de Enrique Peñalosa ha respetado las condiciones de funcionamiento y garantizó el alquiler de la casona hasta que termine su periodo. 

La Casa de Pensamiento –dice Paulina Majín– es una construcción de todos los pueblos indígenas de Bogotá, que les ha permitido conocerse más y entender de la resistencia de cada pueblo. “Es una matriz, que se recoge y se abre a todo lado: a las mujeres, los jóvenes, así como a lo político y organizativo, donde los indígenas encuentran también protección”.

Comidas ancestrales

Es el primer viernes de abril y las primeras en llegar a la feria gastronómica son Genoveva y su hija, dos mujeres del pueblo Uitoto, quienes cargan en sus manos recipientes y algunas ollas que ubican sobre una mesa dispuesta en el patio interno de la casa. 

Allí, una vez al mes, se organiza una feria gastronómica y de productos naturales para que los indígenas que viven en Bogotá compartan sus alimentos y otras tradiciones. Uitoto, Nasa, Pasto y Wounaan son los pueblos participantes en esta ocasión. 

Genoveva y su hija están despiertas desde las 3 de la mañana. A esa hora empezaron a preparar bagre frito, tacacho (plátano dulce) yuca, fariña (harina de la yuca brava) y jugo de copoazú, fruto amazónico. 

El ingrediente más llamativo que han traído es el mojojoy, un gusano de cuatro centímetros de largo, extraído de la palma de aguaje, que es servido con fariña. Se lo enviaron desde Araracuara, en la frontera entre Caquetá y Amazonas, territorio de origen de los Uitotos. 

Junto a la mesa, Crisanto, un médico ancestral Uitoto de 65 años, saca de una maleta unos collares hechos con dientes de zaino y chaquiras de colores. El hombre, de bigote canoso, aliento a mambe (polvo hecho a base de hoja de coca) y que vive en Bogotá hace 12 años, explica que en su tradición estos collares protegen de las enfermedades, la mala suerte y también sirven para que el dinero “no se le vaya de sus manos”. 

En otro puesto, la gobernadora del cabildo de Los Pastos, en Bogotá, María de Jesús Erira, quien es médico ancestral de su pueblo, ofrece la chicha de maíz con chapil, un destilado de caña de azúcar que dice “viene armonizado y listo como alimento espiritual”. El plato, preparado por ella, tiene costilla de cerdo, plátano cocinado con canela y panela, y papa criolla, que representa el amarillo del sol, símbolo de Los Pastos. La mesa está adornada con un tejido de colores vivos, en el que se ve un colibrí, una abeja y maíz. 

En la mesa de los Nasa, Darío, de 25 años, de Inzá, Cauca, tiene frijol cacha, arroz y carne de cerdo. También exhibe otros productos como pomada y aromática de coca, planta sagrada de los indígenas, “Coca Sek”, bebida energizante de coca, y café elaborado por mujeres de Corinto, norte del Cauca. A su lado, una mujer nasa, que teje una mochila, vende bolsitas con arracachas fritas, a mil pesos la unidad. 

Cerca de ellos, se exhiben las artesanías de los wounaan: cestas tejidas por mujeres a mano, anillos, brazaletes y aretes con variedad de diseños y colores de tintes naturales.